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268 escalones, una silla de ruedas y dos amigos que dieron la vuelta al mundo

Fletcher Crowley se rompió dos vértebras a los 17 años. Años después, junto a Lachie Bennett, completó un viaje de tres meses por Europa, Asia, África y América del Sur. Una historia sobre la amistad, la accesibilidad y los límites que se corren a fuerza de voluntad.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 3 de septiembre de 2026 · hace 1 h

La costanera de Vicente López todavía tiene esa luz de las seis de la tarde, cuando el río se pone color plomo y la gente empieza a aflojar. Me senté en un banco con Tomás, un vecino del barrio que siempre me cuenta cosas mientras mira a los chicos en bicicleta. Esta vez no traía una historia propia: me había mandado un video de dos australianos que cargan a uno en la espalda para subir 268 escalones en Hong Kong. Quedé pegada al teléfono, y decidí que esto lo tenía que contar.

Fletcher Crowley tenía 17 años cuando una caída en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Puede pararse y dar unos metros, después el cuerpo le pasa factura. Lejos de achicarse, armó junto a su amigo Lachie Bennett un viaje de tres meses por cuatro continentes: Europa, Asia, África y América del Sur. La frase que eligieron como bandera resume todo: «El mundo no es accesible, nosotros lo somos».

Una amistad forjada en el turno noche

Lachie trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, el mismo lugar donde los dos se reencontraron después de haber compartido el colegio. Se conocieron de verdad en una cena de turno noche. Ahí descubrieron que iban juntos por la música, la moda, las ganas de conocer gente y, sobre todo, que los dos habían lidiado con ansiedad y habían aprendido a manejarla. Esa coincidencia más íntima fue el cemento de la amistad.

La vuelta al mundo que empezó por una oferta

La idea original era una escapada de dos semanas. Pero apareció una oferta de pasajes con múltiples escalas, la compraron sin pensarlo mucho y el itinerario terminó engordando: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en 90 días.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. «Fue un momento surrealista», dijeron después.
  • En Suiza, una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente.

La logística no fue un detalle menor. Hubo lugares directamente inaccesibles y otros donde hubo que improvisar: cambiar de ruta o directamente cargar a Fletcher a upa. «Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione», contaron. La frase es casi un manual de vida.

“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Al principio lo pagaron con ahorros propios. Cuando empezaron a subir videos a redes, la respuesta fue tan fuerte que una campaña de micromecenazgo les dio aire para ser más espontáneos. Buena parte del alojamiento se resolvió gracias a contactos que aparecieron en el camino, incluidos los propios seguidores.

Esto no es una nota para mirar desde afuera con admiración turística. Es una historia que duele y enseña. Duele porque a los 17 te puede pasar, y enseña porque cuando te pasa, la decisión de cómo seguir es tuya. Fletcher y Lachie no le esquivaron al mundo: lo fueron a buscarlo, escalón por escalón, continente por continente.

Me despido de Tomás en la plaza. Me dice algo que me queda dando vueltas: «Mirá, mientras pueda subir una escalera, no hay excusa». Tiene razón. Y mientras le doy los últimos tragos al termo, le dejo un pedido concreto al Municipio: que las plazas, los museos y los edificios públicos de Vicente López tengan acceso real, no solo rampas pintadas en un plano. Si dos pibes australianos pudieron con 268 escalones en Hong Kong, acá no puede ser que un vecino en silla de ruedas no pueda entrar a la municipalidad.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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