A los 85, dos amigas tejanas ya recorrieron medio mundo y no piensan frenar: la Argentina está en la lista
Sandra y Eleanor se conocieron en una misión en Zambia, enviudaron y transformaron los viajes en un proyecto compartido. Pasaron por Iguazú, tango y Recoleta. Ahora van por Asia y le piden al cuerpo seguir.
Las encontré una mañana de esas en que la costanera se llena de gente que camina mirando el celu, y la historia me voló la cabeza: dos norteamericanas de 85 años recién cumplidos, amigas entrañables, llevan encima unos 50 países visitadas juntas. No fue un viaje de novios ni una luna de miel tardía: fue un proyecto que nacieron a los 81, después de criar hijos, de perder a sus maridos y de decidir, de una vez por todas, que la vida les debía algo más que la rutina.
Una amistad que arrancó en Zambia y siguió en Texas
Sandra Hazelip es médica y Eleanor Hamby, fotógrafa documental. Se cruzaron en una misión humanitaria en Zambia y se entendieron sin traducirse demasiado. Viven a unos 96 kilómetros de distancia, las dos en Texas, Estados Unidos, y cuando los hijos se hicieron grandes y la casa empezó a quedarles grande, se mandaron la locura: una vuelta al mundo en 80 días, inspirada en la novela de Julio Verne. Con 81, claro. Ni les tembló la firma.
Antes de esa aventura ya habían hecho otras cosas juntas, como cruzar el Transiberiano, ese ferrocarril que atraviesa Rusia de punta a punta. Madre, abuela y bisabuela cada una, las dos viudas, comparten la misma certeza: que mientras haya un aeropuerto que las reciba, hay un motivo para armar la valija.
Argentina, en el corazón del recorrido
En 2023 pisaron suelo argentino. Pasaron por las Cataratas del Iguazú, se dejaron llevar por una milonga porteña, caminaron el Cementerio de la Recoleta con la boca abierta y se animaron a actividades rurales en alguna provincia. Eleanor, además, lleva recorridos unos 130 países a lo largo de su vida, una marca de esas que a mí, en el barrio de Palermo, me cuesta imaginar.
- Las pirámides de Egipto.
- La Gran Barrera de Coral, en Australia.
- Un vuelo sobre el Himalaya con el Everest asomando por la ventanilla.
- La aurora boreal en Finlandia.
- La isla de Pascua.
- El Amazonas.
- Las cataratas Victoria, en la frontera entre Zambia y Zimbabue.
Aunque todas esas maravillas podrían opacarlo todo, las viajeras insisten en que lo más valioso pasa por otro lado. Dicen que los encuentros con gente local, esas conversaciones improvisadas en un mercado o en la puerta de una escuela, suelen ser lo que realmente se les queda pegado al alma.
El cuerpo, a ritmo de ellas
Preguntadas por cómo le hacen para subir escaleras, navegar, hacer snorkel y meterse en excursiones a esa edad, la respuesta fue casi un manifiesto: «Quizás avancemos más despacio, pero no queremos que un número decida lo que podemos o no podemos hacer». Una frase para enmarcar y tener a mano cuando alguien te diga que ya estás grande para algo.
Sus familias las bancan, aunque no sin alguna que otra ceja levantada. «Nuestras familias nos apoyaron mucho en nuestros viajes», reconocen, y aclaran que en más de una oportunidad algún ser querido preguntó, preocupado, si tanta aventura a esa altura no era demasiado.
Próxima parada: Asia
Ya planean la siguiente. Tienen en carpeta destinos asiáticos como Bután, Brunéi, Laos, Timor Oriental y Filipinas. Y no se olvidan de América: quieren pisar Chichén Itzá, en México, para seguir sumando ruinas mayas a la colección.
Mientras escribo esto pienso en ellas y, sin exagerar, me dan un poco de vergüenza de mis propias excusas. A los 85, dos amigas del Norte ya se subieron a más cosas de las que muchos de nosotros vamos a conocer en toda la vida. Al municipio le dejo un pedido concreto: que la ciudad siga teniendo esquinas amables para los que quieren seguir andando, con bancos, rampas y veredas en condiciones. No es un lujo: es lo que le permite a alguien, a los 80 o a los 50, seguir eligiendo cómo gasta el tiempo. Y eso, miren a Sandra y a Eleanor, no tiene fecha de vencimiento.
