Anamá Ferreira, la modelo que se fue a buscar jirafas y volvió con el alma llena de Kenia y Tanzania
La conductora y modelo contó en primera persona cómo fue su paso por el centro de conservación de jirafas de Nairobi, la casa de Karen Blixen, una aldea masái y los parques más emblemáticos de Tanzania. Una recorrida que, según sus propias palabras, deja huella para siempre.
A veces uno arranca un viaje sin saber que ese primer café en el aeropuerto ya forma parte de la historia. Y cuando te querés acordar, estás del otro lado del mundo con la jirafa al lado y la cámara llena de polvo africano. Eso le pasó a Anamá Ferreira, que volvió de Kenia y Tanzania con una valija extra que no se mide en kilos sino en imágenes. La modelo y conductora completó un recorrido que la llevó por centros de conservación, por la casa de una escritora que marcó el siglo veinte y por esos parques que uno vio mil veces en la televisión y que, hasta no estar ahí, no termina de creer que existen.
El viaje arrancó en Nairobi, la capital keniana que suele ser la puerta de entrada al este africano. Ahí la esperaba el Giraffe Centre, un lugar dedicado a proteger a la jirafa de Rothschild, una subespecie que está en peligro de extinción y que en este centro se reproduce desde hace décadas. Ferreira lo contó con la emoción a flor de piel, como quien todavía no termina de caer: "Hoy viví uno de esos momentos que quedan para siempre en el corazón", escribió. Y agregó, casi sin respirar: "Estar tan cerca de ellos, darles de comer y hasta poder sacarme una selfie fue simplemente inolvidable". Para quien no lo conoce, alimentar a una jirafa es mirarla a los ojos desde arriba, porque el animal mide cerca de seis metros, y que ella baje su cuello hasta tu mano es algo que se siente, no se explica.
Karen Blixen, la escritura que sigue viva en su casa
Antes de meterse de lleno en la sabana, Ferreira hizo una parada que dice mucho de cómo entiende los viajes. Fue al Museo Karen Blixen, la antigua residencia de la escritora danesa que vivió en Kenia durante años y que inmortalizó esa experiencia en el libro que después se conocería como Memorias de África. "Caminar por su casa y pensar que acá transcurrió parte de esa historia es bastante mágico", confesó la conductora, que parece entender que ciertos lugares no se visitan solamente con los ojos, sino con todo lo que uno leyó antes de llegar.
Un alto en la aldea masái y la danza de los saltos
Pero si hay un capítulo del viaje que parece sacado de una postal en movimiento, es el paso por la comunidad masái en el Masái Mara. Ahí Ferreira se encontró con una cultura que mantiene vivas sus tradiciones a pesar del avance del turismo. Detalles como el shuka, esa tela de color rojo intenso que los masái llevan envuelta al cuerpo y que identifica a la comunidad a kilómetros de distancia, o los collares de cuentas que cumplen funciones estéticas y también marcan estatus dentro del grupo. La conductora participó además de la llamada danza adumu, en la que los jóvenes guerreros se desafían a saltos verticales cada vez más altos, y según cuentan los guías, quien logra pasar al compañero sin tocar la tierra con los talones gana el reconocimiento del grupo.
Toda la experiencia con los masái sirvió para refrescar un ida y vuelta cultural que a veces el ritmo del viaje no permite. Ferreira se sentó con familias, compartió con chicos del lugar y describió el cruce como algo "profundamente enriquecedor". Detrás de esas palabras aparece algo que vale la pena subrayar: cuando alguien deja de mirar la sabana y se toma el tiempo para mirar a los ojos de la gente que vive ahí, el viaje cambia de nivel.
Los Cinco Grandes, el objetivo del recorrido
Del lado tanzano, el itinerario se puso exigente. El Serengueti y el cráter del Ngorongoro esperan con dos de los ecosistemas más famosos del planeta. Ahí los guías suelen repetir una fórmula clásica: encontrar a los cinco grandes. La lista la integran el león, el leopardo, el elefante, el rinoceronte y el búfalo cafre, animales que durante mucho tiempo fueron trofeo de cacería y que hoy concentran buena parte de los esfuerzos de conservación del continente. Ferreira dejó en claro que verlos en libertad era el objetivo central del viaje, una tarea que no es para nada sencilla. El leopardo, sobre todo, se esconde entre las ramas durante el día y se cruza apenas el ojo bien entrenado del guía lo descubre.
Atardeceres que valen la espera
A lo largo de toda la recorrida, la conductora también compartió fotos de atardeceres sobre los lagos de la zona, ese espectáculo de naranjas y violetas que es la marca registrada de África Oriental. Esas imágenes, que parecen casi pintadas, son las que mejor resumen el viaje entero: el contraste entre una jirafa en primer plano, la silueta de un baobab recortado contra el sol y la polvareda que levanta una manada de elefantes camino al abrevadero.
Mi vieja siempre dice que hay que prestar atención al pingüino de la nota y acá el pingüino es claro: los Cinco Grandes hoy se avistan casi sin buscarlos, las jirafas de Rothschild se pueden acariciar y las comunidades masái reciben a los visitantes con una sonrisa enorme. África Oriental sigue ahí, esperando, y cuando alguien como Ferreira vuelve diciendo que le cambió el corazón, uno se queda pensando en cómo organizar la valija para el próximo verano en el Sur y, de paso, pegar el salto hasta Nairobi.
A quién ir a escuchar para preparar el viaje
Antes de armar la mochila, vale la pena sentarse un rato y escuchar un disco clásico del chamamé, que es como el Serengueti de nuestra música: si no lo recorrés con paciencia, te perdés la mitad. Le recomiendo arrancar por Monchito Merlo y su Ramo de amor, que tiene la misma cadencia pausada que tienen los safaris en la sabana, y seguir con Antonio Tarragó Ros, maestro de la trova que cuenta historias como si uno estuviera en la toldería. Si el viaje es más largo y todavía tiene sed, entonces vaya hasta Cuti y Roberto Carabajal, que son la mejor manera de entender por qué el chamamé y la llanura siguen siendo una sola cosa. Ponga esos discos mientras mira las fotos de la gira africana y verá que, de pronto, el mapundi del nombre masái -un árbol sagrado que crece en la sabana- le va a sonar bastante parecido a un quebracho entrerriano.
