Chequeos que salvan: por qué ir al médico sin sentir nada sigue siendo una buena idea
La presión, el colesterol y la glucemia pueden alterarse en silencio durante años. Un recorrido por los estudios que conviene hacer según la edad y los antecedentes, y por qué la consulta anual a partir de los 40 ya no es opcional.
Me crucé a Ricardo en la plaza de Boedo, sentado en uno de los bancos de siempre, con el mate de las diez de la mañana. Tiene 52 años, no toma medicación y hace más de seis que no pisa un consultorio. Me dijo, así, con esa tranquilidad de quien se siente invencible: 'Si no me duele nada, ¿para qué voy a ir?'. Le dije que justamente por eso los controles preventivos existen: porque varias de las enfermedades más frecuentes pueden instalarse sin dar señales durante años.
La hipertensión arterial, la diabetes tipo 2, el colesterol alto o algunos marcadores de riesgo cardiovascular suelen avanzar en silencio. Cuando aparecen los síntomas, en muchos casos el problema ya está instalado. Por eso la visita periódica al equipo de atención primaria es una herramienta central: permite registrar peso, talla, presión arterial, frecuencia cardíaca y función respiratoria, y revisar ojos, oídos, piel y mucosas antes de que algo se descompense.
Qué se mira en un control de rutina
- Presión arterial y frecuencia cardíaca, para detectar hipertensión y arritmias.
- Peso y talla, con cálculo de índice de masa corporal.
- Examen físico general: ojos, oídos, piel, mucosas y aparato respiratorio.
- Análisis de sangre y orina: función renal y hepática, glucemia, colesterol, anemia y marcadores inflamatorios.
- Revisión del calendario de vacunas y de los antecedentes familiares.
Los análisis de laboratorio no son un paquete único para todos. Lo que se pide depende de la edad, el sexo, los hábitos y el historial clínico de cada paciente. Michelle Spencer, enfermera especializada certificada de la Universidad de Utah, lo resume así: los cuidados preventivos contemplan el historial médico, los antecedentes familiares y el estado presente de salud para definir un plan individual.
Y los antecedentes pesan más de lo que uno cree. Si en la familia directa hubo cardiopatías, diabetes o determinados cánceres, los controles suelen empezar antes y repetirse con más frecuencia. No se trata de asustarse, sino de ajustar la lupa.
Una frecuencia que cambia con los años
Las recomendaciones no son iguales a los 25 que a los 55. Para un adulto joven, sano y sin antecedentes, un chequeo cada uno a tres años suele alcanzar. A partir de los 40, la indicación más habitual es pasar a controles anuales. Entre los 45 y los 75 años se incorpora la detección de cáncer colorrectal, con opciones como la colonoscopia cada diez años, aunque los antecedentes familiares pueden adelantar ese inicio. Desde los 50 hasta los 59, la frecuencia anual se vuelve la regla. Y durante el embarazo, las consultas prenatales permiten detectar a tiempo preeclampsia, diabetes gestacional o problemas de crecimiento fetal.
Antes de despedirnos, le dejé a Ricardo una sola idea, la misma que le quiero dejar al municipio: que se refuercen y se difundan con más fuerza las campañas barriales de controles preventivos en centros de salud y plazas, con turnos accesibles y recordatorios claros según la edad. Ir al médico sin sentir nada es, muchas veces, la forma más concreta de cuidarse en serio.
