Jueves, 27 de agosto de 2026
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Colgarse de una barra, aunque sea medio minuto: el ejercicio silencioso que muchos porteños olvidaron en la plaza

Un fisioterapeuta australiano y una colega estadounidense explican por qué quedar suspendido unos treinta segundos activa hombros, dorsales y antebrazo, y sirve como contrapeso a las horas frente a la pantalla. Una nota para animarse (o volver a animarse) en la plaza del barrio.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

La primera vez que lo vi fue un domingo a la tarde en la plaza de Palermo, cerca de la costanera. Un pibe de unos seis años se colgó de la barra fija con las dos manos y se quedó ahí, suspendido, mirando el río de gente que pasaba. Su viejo, sentado en el banco de al lado, ni se inmutó. Para el chico era un juego. Para mí, que llevo años escribiendo sobre cómo vivimos en esta ciudad, fue un recordatorio: hay un gesto simple, casi instintivo, que los adultos porteños dejamos de hacer mucho antes de sentarnos ocho horas frente a una computadora.

De eso se trata, justamente, lo que promueven el fisioterapeuta australiano Daniel Vadnal, creador del canal FitnessFAQs, y su colega Hazel Anderson, de la University of St. Augustine for Health Sciences en Austin, Estados Unidos. Para ambos, volver a colgarse de una barra, aunque sea durante treinta segundos, es una de las formas más directas de sacar a trabajar músculos que en la vida adulta permanecen casi siempre en silencio: los del hombro, la espalda alta y el antebrazo.

Cómo se hace, en criollo

  • Sujetarse de una barra fija con las dos manos, a la altura de los hombros, con los brazos extendidos hacia arriba y el cuerpo colgando hacia abajo.
  • Si todavía no da el cuerpo, se puede apoyar la punta de los pies en el suelo para descargar parte del peso.
  • No hay que darse vuelta ni hacer una inversión: la posición es simple, pero exige control y cierta tolerancia al esfuerzo.
  • Existen dos variantes: la suspensión pasiva, en la que uno se deja colgar y los hombros suben solos hacia las orejas, y la suspensión activa, en la que se bajan los omóplatos a propósito y se sostiene mayor tensión en la espalda y la cintura escapular.
  • Vadnal aclara que no son dos categorías cerradas: cada uno regula la intensidad según lo que tolere.

Según explican los especialistas, los músculos que más se estiran en esa posición son los pectorales, los tríceps y los dorsales, tres zonas que acumulan horas y horas de inmovilidad o de postura encorvada frente al monitor. La sensación inmediata que muchos relatan, una especie de apertura en el pecho y de descarga en la zona entre las paletas, es real, pero no equivale a un tratamiento definitivo: la evidencia clínica sobre efectos permanentes en la postura o en el dolor de espalda todavía es limitada. La lectura más prudente es que el cuerpo entra en un rango de movimiento al que no está acostumbrado y registra, durante un rato, una percepción de alivio.

El trabajo, además, no se queda en la espalda: también intervienen manos, dedos y antebrazos. Anderson subraya que la resistencia del agarre que se gana colgado de la barra es la misma que después se nota en gestos tan porteños como cargar las bolsas del supermercado en colectivo, abrir un frasco o levantar la valija al colectivo. Es, en definitiva, un ejercicio de brazos completos.

“Para Vadnal, colgarse es un hábito intuitivo que se puede recuperar sin equipamiento especial y que resulta particularmente útil para quienes trabajan frente a una pantalla con los hombros cerrados hacia adelante.”Daniel Vadnal, fisioterapeuta y creador de FitnessFAQs

Antes de lanzarse, los dos profesionales recomiendan una consulta médica o con un kinesiólogo para personas con lesiones previas en hombro, muñeca o cervical, con osteoporosis diagnosticada o con sobrepeso significativo, ya que la carga sobre la articulación del hombro puede ser alta. También sugieren empezar con series cortas, de diez a treinta segundos, y sumar repeticiones con el correr de las semanas, en lugar de buscar récords el primer día.

Después de investigar y de probarlo yo misma en la barra del parque Rivadavia, una tarde que el termómetro bajaba y la plaza se llenaba de jubilados, me queda una idea clara: no hace falta un gimnasio, ni una app, ni una suscripción. Hace falta una barra firme, algo de constancia y, sobre todo, el permiso de volver a hacer algo que los chicos hacen sin pedirle permiso a nadie.

Por eso le pido al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que revise el estado de las barras de las plazas de cada barrio y que, donde falten o estén oxidadas, se coloquen nuevas a la altura adecuada para que cualquier vecino, jubilado, oficinista o estudiante, pueda colgarse aunque sea treinta segundos. Es un equipamiento barato, ocupa poco espacio y, como quedó demostrado en esta nota, puede cambiar la manera en que transitamos la semana.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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