Cuando De Niro y Streep se animaron al romance sin balas ni dramas épicos: "Enamorarse" cumple 42 años
En 1984, dos de los actores más pesados de Hollywood dejaron la guerra y el combate para meterse en una historia de amantes maduros en Manhattan. El film, escrito por Michael Cristofer y dirigido por Ulu Grosbard, no fue un éxito de taquilla pero sigue valiendo cada minuto.
Abrimos con el primer acorde, como cuando un conjunto de chamamé empieza con el acordeón y la guitarra en una noche de verano. Acá la primera escena no tiene acordeón, pero tiene lo suyo: una librería de Manhattan en plena Navidad, con paquetes que se cruzan por error y dos adultos que ni se imaginan lo que les va a caer encima. Así arranca "Enamorarse" (Falling in Love, 1984), la película que juntó por segunda vez a Robert De Niro y Meryl Streep, esta vez lejos de la guerra de Vietnam de "El francotirador" y más cerca de algo que a ambos les venía esquivo: el romance sin estridencias, el drama de la vida cotidiana, ese lugar donde lo que duele no es la bala sino la pregunta que uno se hace mirando a otra persona.
Dos gigantes en registro íntimo
Frank Raftis (De Niro) y Molly Gilmore (Streep) están casados, tienen sus vidas armadas, y se cruzan en el tren una y otra vez hasta que el cruce deja de ser casual. Lo que empieza con una charla amable sobre libros se vuelve costumbre, y la costumbre se vuelve otra cosa. La película no apura nada: deja que la atracción crezca al ritmo del viaje en tren, de las paradas, de las conversaciones en la librería, de Manhattan como escenario de fondo. Y ahí aparece el quilombo, porque los dos saben que eso que sienten no tiene lugar limpio donde caer.
Lo mejor que tiene el libreto de Michael Cristofer es que no le escapa al bulto. No hay un villano, no hay un tercero en discordia que mueva los hilos, no hay un golpe de efecto que destrabe la historia. El conflicto es íntimo, filosófico si se quiere: qué hacer con un sentimiento que llegó fuera de horario, qué responder cuando lo que uno siente choca de frente con lo que uno juró. Es un drama de los compromisos asumidos, de la lealtad entendida como algo vivo y no como un sello de goma. En ese sentido, es una película bastante adulta, de las que se banca no dar respuestas fáciles.
Me detengo un segundo para nombrar al elenco de apoyo, que no es cualquier cosa: Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon completan el mundo de Frank y Molly, ese mapa de matrimonios y obligaciones donde el vínculo central aparece inserto como una anomalía. Cada uno aporta una mirada sobre el matrimonio y la fidelidad, y le da al protagonista un consejo distinto, aunque ninguno terminante. La ciudad, New York en estado puro, funciona como un personaje más: la librería, los vagones, los bares, las veredas. Todo ordinaria, todo enorme cuando uno se enamora fuera de regla.
Recepción tibia, legado cálido
En lo que hace al resultado en las salas, la cosa fue magra. Box Office Mojo registra unos 11.129.057 dólares en Estados Unidos y Canadá, con un debut cercano a los 2,3 millones. La crítica tampoco se entusiasmó del todo: Roger Ebert le puso dos estrellas sobre cuatro y le apuntó al guion, aunque reconoció momentos puntuales del trabajo entre De Niro y Streep. Algunas reseñas de la época la emparentaron con "Breve encuentro" (Brief Encounter, 1945), esa otra historia de un amor imposible en un marco cotidiano. La comparación es generosa y un poco injusta al mismo tiempo: Grosbard no estaba buscando hacer una remake, sino contar algo nuevo con dos caras que venían de otro tipo de exigencia actoral.
“Mirá, cuando uno repasa la carrera de De Niro y de Streep, se da cuenta de que casi nunca se los vio así. Sin armas, sin investigaciones, sin tragedias históricas. Solos, en una mesa, mirándose. Y eso, lejos de ser un defecto, termina siendo lo más arriesgado que hicieron juntos.”Lautaro Maidana
A quién ir a ver esta película
Si nunca la viste, o si la viste de paso hace años y no te quedó mucho, te la recomiendo sin dudar. Viene bien para una noche de esas en las que uno está de ánimo para una película que no grita, no explota, no corre, pero deja pensando. Y si te copa el chamamé como a mí, andá escuchándola mientras la mirás: hay algo del tempo del chamamé en cómo avanza este relato, ese "oyepa" (venga, vamos) que parece decir sin apuro. Para mí, a quien le vendría bárbaro sentarse a verla esta semana es a todo aquel que se haya enamorado alguna vez fuera de horario y se haya preguntado qué hacer con eso. La película no le va a dar la respuesta, pero le va a hacer un aguante.
