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Cuando el universo te tira una señal a la salida de un médico: la historia que Rocío Igarzábal guardó dos meses para contar

La actriz rememoró a Ernestina Pais en una radio y desempolvó un recuerdo que la dejó temblando: una mujer desconocida empezó a cantar en la sala de espera la misma canción de Julieta Venegas que las dos habían gritado juntas en el auto, entre lágrimas. Una historia de amistad, de gira y de eso que algunos llaman señales y otros, simplemente, la vida.

Por Lautaro MaidanaCultura y chamamé · 5 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A veces uno cree que las cosas ya pasaron, que las emociones más fuertes ya se gastaron con el llanto del primer día, y de repente aparece un escenario mínimo, una sala de espera cualquiera, un olor a hospital, y la historia te vuelve a agarrar de las solapas. Eso le pasó a Rocío Igarzábal el lunes 29 de junio, tres días después de que un tren se llevara puesto a su amiga Ernestina Pais en San Isidro y le partiera la vida en dos. Pero no adelantemos el final, porque la gracia de lo que contó está en el camino, en esa rambla de detalles que va armando el relato como quien enhebra una cuenta tras otra hasta que el collar queda entero.

Una gira, una amistad y una canción que viajaba en el auto

Ernestina y Rocío estaban haciendo gira juntas con una obra de teatro. El ritmo de las funciones, los viajes de ida y vuelta, los hoteles de paso, los pueblos donde el público aplaude distinto, ese universo de las tablas ambulantes termina de soldar vínculos que en otra circunstancia llevarían años. En uno de esos regresos, en uno de esos autos que huelen a café y a charla nocturna, las dos actrices terminaron escuchando, a todo volumen y con las ventanillas bajas, una canción que Rocío conoce de memoria desde hace años. Se llama "Todo está aquí", pertenece al MTV Unplugged de Julieta Venegas y, según contó ella misma, es de esas melodías que a uno lo marcan desde la primera vez sin que quede muy claro por qué. La cantaron a los gritos, con esa euforia que da cantar una canción ajena como si fuera propia, y algo de eso quedó flotando entre las dos. Tanto que Río confiesa que esa melodía la acompañó hasta un proceso creativo íntimo, el de una canción para su hija, que piensa incluir en un disco que tiene previsto para el año que viene.

Hablemos en criollo: cuando una canción te atraviesa así, los chamameceros decimos que te "agarra el alma", una expresión que en guaraní suena parecido a ñeheñói, que es como un murmullo del corazón. No es poesía barata: es la idea simple de que hay melodías que se te meten en el cuerpo y ya no se van, y que cuando las compartís con alguien, algo de esa electricidad pasa también al otro. Eso fue lo que pasó entre ellas dos, esa noche cualquiera de tournée, en una ruta cualquiera.

Tres días después, en la sala de espera

El 26 de junio la vida cambió para todos los que rodeaban a Ernestina. Ella se dirigía a hacer la función cuando ocurrió el accidente, el que la dejó en el mismo lugar del que nunca volvió. El 29 de junio, lunes, Rocío tenía un turno médico para hacerse un espinograma, un estudio de rutina pero que a uno lo deja con los nervios de punta porque uno nunca termina de acostumbrarse a las salas de espera. Había poca gente. Una señora mayor se le acercó, la reconoció, y le contó algo que la sacudió: su hijo había estado entre las últimas personas que habían estado con Ernestina en el momento del accidente, y estaba muy afectado. Imaginen esa conversación, el tono bajo, la mirada esquiva, la forma en que se dice lo que no se quiere decir.

Cuando la llamaron para pasar al estudio, otra mujer, sentada a varios asientos de distancia, con un hijo chico al lado, empezó a cantar. En voz alta, como si la sala de espera fuera un escenario. "Todo está aquí." La misma canción. La mismísima. Con la melodía intacta, con la letra de Julieta Venegas resonando entre las paredes blancas del lugar más clínico del mundo. Y ahí, dicen, se le erizó la piel.

“Se me erizó la piel. Yo sentí que me estaba diciendo que ella estaba bien.”Rocío Igarzábal, en declaraciones a radio

Lo contó el 4 de septiembre, en una radio, con la voz entrecortada y avisando de antemano que el corazón ya le latía fuerte antes de empezar a hablar. Dos meses y medio de silencio público hasta decidir abrirse. Cuando uno escucha el relato entiende la espera: hay cosas que uno necesita masticarlas solo antes de poder contarlas, darles lugar, dejarlas que se asienten.

Lo que deja esta historia, más allá del escalofrío

A mí, cada vez que escucho un testimonio así, me pasa lo mismo: me quedo un rato en silencio, pensando en cómo funciona eso que algunos llaman casualidad y otros, con más fe o con más barro en el alma, prefieren llamar de otra manera. No voy a polemizar, porque este cronista es de los que cree que cuando alguien vive algo así, lo que corresponde es escucharlo y nada más. Pero sí quiero dejar una recomendación, como hacemos siempre que el cuerpo pide un cierre musical.

Si quieren entender de qué habla Rocío cuando habla de la canción, busquen el MTV Unplugged de Julieta Venegas, pónganlo en un lugar tranquilo y suban el volumen. Y si tienen la oportunidad, vayan a ver a alguna formación chamamecera que se presente por estos meses, porque en cualquier festival del litoral van a encontrar a alguien cantando sobre señales, sobre despedidas y sobre las cosas que, aunque uno no las pueda explicar, siguen estando ahí. Todo está aquí, decía la canción. A veces, también, está del otro lado.

LM
Lautaro MaidanaCultura y chamamé

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