Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20
La producción de la enzima que digiere el azúcar de la leche cae con los años y muchos adultos descubren, sin aviso, que el café con leche o un helado les pasan factura. Cómo reconocer los síntomas, qué pruebas existen y por qué no conviene eliminar los lácteos por cuenta propia.
Vivo en Costanera Norte y a veces cruzo hasta el Rosedal de Palermo a caminar. Ahí me crucé la semana pasada con Esteban, un vecino del barrio de Palermo que me paró con la misma cara larga de cada vez que algo le arruina el día. Se sentó en uno de los bancos con la mirada puesta en el lago y me dijo, con esa honestidad que tienen los porteños cuando se confunden con un amigo: «Rocío, yo tomé leche toda mi vida, hasta los cuarenta, y de un día para el otro me empezó a hacer pelota el estómago. ¿Qué me está pasando?». Le prometí que iba a investigar y aquí estoy, escribiendo lo que aprendí, porque el caso de Esteban es el de miles de adultos que un día descubren que la leche les sienta cada vez peor sin saber muy bien por qué.
La explicación es más simple de lo que parece y, al mismo tiempo, bastante más interesante de lo que nos contaron en la escuela. El intestino delgado fabrica una enzima llamada lactasa, que es la encargada de partir en dos la lactosa, el azúcar natural de la leche, para que el cuerpo pueda absorberla. En la infancia esa producción suele ser alta, porque la leche es el alimento principal. Con el paso de los años, la fábrica de lactasa empieza a bajar el ritmo. Cuando la producción cae, la lactosa sigue su camino sin ser digerida, llega al intestino grueso y ahí las bacterias la fermentan. El resultado de esa fiesta de fermentación es la conocida: gases, hinchazón, dolor abdominal y, muchas veces, diarrea.
A quién le pasa y por qué
Las molestias suelen aparecer entre los 20 y los 30 años, aunque pueden hacerse sentir mucho más tarde, como le pasó a mi vecino Esteban. No es un capricho del cuerpo: la herencia genética tiene bastante que ver. La intolerancia es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa. Los investigadores lo vinculan con la historia de cada grupo respecto de la cría de animales lecheros: allí donde se consumió leche fresca durante muchas generaciones, el cuerpo aprendió a mantener activa la producción de lactasa en la adultez. En cambio, en pueblos donde la leche no fue un alimento central, la enzima se apagó con el tiempo.
Cómo se reconoce y en qué se diferencia de una alergia
- Los síntomas más habituales son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, y suelen aparecer pocas horas después de tomar leche, un helado o un cremoso café con leche.
- Algunas personas se inflan con un solo vaso; otras toleran una porción chica y solo reaccionan cuando se pasan con la cantidad, y eso depende de cuánto lactasa le quede a cada uno.
- Hay que distinguirlo de la alergia a la leche, que es otra cosa: la alergia involucra al sistema inmunitario frente a las proteínas lácteas y puede causar urticaria, vómitos, eccema o dificultad para respirar, y suele aparecer en la infancia.
- Influyen también el resto de los alimentos de la comida y problemas digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable, que pueden empeorar el cuadro.
Para confirmar el diagnóstico, los profesionales suelen pedir una prueba de hidrógeno espirado: uno toma una dosis de lactosa y exhala en un aparato cada cierto tiempo, durante unas cuatro horas. Si la cantidad de hidrógeno en el aire que sale de los pulmones sube de manera marcada, es porque las bacterias del intestino grueso fermentaron la lactosa que no se absorbió. Pero no siempre hace falta pasar por esa prueba: muchas veces alcanza con sacar los lácteos por un par de semanas y ver si los síntomas se van. Eso sí, si después de ese período las molestias siguen, ahí no queda otra que consultar a un gastroenterólogo, porque la causa puede ser otra.
Mientras terminaba de escribir esta nota, pensé en la cantidad de porteños y bonaerenses que a los cuarenta o a los cincuenta empiezan a quejarse de la panza y automáticamente se sacan la leche, el yogur y el queso de la mesa, sin pedirle una opinión a nadie. Y eso es un problema, porque los lácteos son la principal fuente de calcio de la alimentación y, si uno los corta a lo loco, después aparecen los huesos debilitados, los calambres o el déficit de vitamina D. Por eso, antes de armar una dieta propia, conviene ir a un profesional que evalúe qué cantidad de lácteos tolera cada uno y cómo reemplazarlos sin perder nutrientes.
Así que, vecino, lo que le voy a pedir al municipio es concreto: que refuerce en los centros de salud de Palermo y de toda la ciudad la difusión de este tema, que los médicos de cabecera tengan a mano un protocolo claro para acompañar a los adultos que descubren esta intolerancia y que se garantice el acceso al estudio de hidrógeno espirado en los hospitales públicos, sin tener que pagarlo de bolsillo. No se trata de dejar de tomar leche para siempre, como cree la mayoría. Se trata de aprender a escuchar al cuerpo y de hacerlo con información, no a ciegas. Esteban, te debo un café con leche descafeinado en La Biela, y el próximo quejido lo charlamos con el diagnóstico bajo el brazo.
