Decir que no también se aprende: por qué a los argentinos nos cuesta tanto poner límites
La incapacidad de poner límites no es un defecto de carácter ni una debilidad moral: se construye en la infancia y se puede revisar de adulto. Ansiedad, resentimiento y hasta dolores sin causa aparente son algunas de las señales de que algo está fallando.
Estoy en la costanera, sentado en un banco con Héctor, un vecino de Palermo que conozco desde hace años, y me cuenta algo que le escuché a mucha gente: que decir que no le sale caro. No por lo que le cobran, sino por lo que siente después. Esa frase, que parece menor, abre una puerta enorme para entender por qué a tantos nos cuesta poner límites y qué nos pasa cuando no lo hacemos.
La licenciada en psicología que conversó con este portal lo explica con una claridad que a mí, como ciudadana común, me dejó pensando: el límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como frustración, es lo que después permite distinguir entre uno mismo y el otro, entre lo que uno quiere y lo que la realidad ofrece. El límite, dice, no es lo contrario del amor: es una de sus formas.
Dos patrones que se repiten
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos modos de vincularse que la profesional describe como opuestos y frecuentes. El primero es el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, de chico, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos y los enumera sin rodeos: cuadros de ansiedad, resentimiento que se acumula, un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico. Y algo que a mí me llamó mucho la atención: con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso. Dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
El segundo patrón es el espejo: el de quien no tolera el límite ajeno. Cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. La especialista advierte que esa posición puede parecer fortaleza, pero en realidad responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, dice, tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las vacía.
El punto medio que casi nadie nombra
Entre esos dos extremos hay un lugar al que, según la profesional, vale la pena llegar: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Admite que tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero aclara que ese costo suele ser menor que sus alternativas: el resentimiento acumulado, los síntomas físicos, las relaciones que se vacían.
Lo que más me llevo de la charla, y lo que quiero compartir con quienes lean esta nota, es la buena noticia: esto no es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.
“El límite no es lo opuesto del amor; es una de sus formas.”Psicóloga consultada por este portal
Antes de cerrar, le dejo al municipio de la Ciudad de Buenos Aires un pedido concreto: que los centros de salud mental de los barrios, especialmente en Palermo, Belgrano y Almagro donde más casos se ven en los consultorios, refuercen los espacios de atención gratuitos para trabajar estas cuestiones. Decir que no, parece, también necesita aprendizaje. Y a veces, un acompañamiento profesional para animarse.
- Ansiedad y cansancio que no se va con descanso: señales clásicas de quien no puede poner límites.
- Resentimiento acumulado: el precio emocional de aceptar siempre lo que no se quiere.
- Dolores sin causa orgánica clara e insomnio: cuando el cuerpo pone los límites que la palabra no puso.
- No tolerar el no ajeno: una fragilidad disfrazada de fortaleza que vacía las relaciones.
- La buena noticia: se puede aprender a decir que no sin culpa y a escuchar un no sin sentirlo como amenaza.
