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Dejar el calzado en la puerta: un gesto chico que puede cambiar la calidad del aire que respiran los chicos en casa

Especialistas de la Clínica Cleveland advierten que las suelas arrastran polvo con plomo, arsénico y otros metales, además de pesticidas y polen. Una rutina simple en el ingreso ayuda a limitar lo que termina en el suelo donde juegan los más chicos.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 28 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Esto lo aprendí charlando con Margarita, una vecina del barrio de Villa Devoto que todas las tardes se sienta en la plaza y termina contándome las discusiones que mantiene con sus nietos. El otro día me dijo, mientras acomodaba el carrito del más chico: "Yo les digo que se saquen los zapatos antes de entrar al living y me miran como si estuviera loca". No está loca, Margarita. La ciencia viene a darle la razón.

De acuerdo con especialistas de la Clínica Cleveland, las suelas del calzado funcionan como verdaderos vehículos de lo que pisamos en la vereda, el colectivo, el baño del bar o el jardín de la plaza. En ese traslado pueden llegar al piso de la casa partículas de polvo con metales pesados, restos de pesticidas, polen y bacterias. No es una cuestión de prolijidad doméstica: es un tema de salud, sobre todo cuando en la casa hay bebés y chicos que gatean, juegan en el piso y se llevan las manos a la boca sin pensarlo dos veces.

Qué se trae el zapato cuando cruza la puerta

  • Polvo con plomo, que puede desprenderse de pinturas antiguas deterioradas en fachadas y veredas. Según el médico internista Daniel Sullivan, de la Clínica Cleveland, el plomo daña el cerebro, el sistema nervioso y otros órganos, y los más chicos son los más expuestos.
  • Metales como arsénico, cromo y níquel, detectados en polvo doméstico en un estudio internacional que relevó datos del programa DustSafe en 35 países. La investigación asoció las viviendas más antiguas con niveles más altos de plomo y arsénico, y el acceso a jardines con mayores concentraciones de esos dos elementos.
  • Sustancias persistentes en el ambiente y el organismo, conocidas como PFAS, que se adhieren a las suelas tras el paso por distintos espacios urbanos.
  • Restos de fertilizantes, insecticidas y pesticidas, incluso cuando no se aplican en el jardín propio, porque pueden quedar en veredas y espacios verdes públicos.
  • Polen, que trasladado al interior puede agravar los cuadros alérgicos, sobre todo en primavera.
  • Bacterias, cuya presencia en el calzado no equivale automáticamente a una infección, pero sí suma una vía de ingreso que se puede controlar.

El dato me golpeó cuando lo leí. En una ciudad como Buenos Aires, donde las veredas tienen décadas de pinturas descascaradas y los jardines de las plazas reciben tratamientos químicos con regularidad, el calzado se convierte en una especie de muestrario ambulante de lo que no queremos adentro.

Qué recomienda el especialista

La propuesta de la Clínica Cleveland es concreta y se puede aplicar en cualquier casa, sin grandes inversiones. Sugiere disponer un sector fijo junto a la puerta de entrada para dejar el calzado, colocar una alfombra en ese punto y limpiar los pisos con métodos húmedos, es decir, trapeando o pasando un paño húmedo, en lugar de barrer en seco, que vuelve a levantar el polvo.

Sullivan también menciona una alternativa para quienes necesitan apoyo al caminar: tener un par reservado para usar dentro de la vivienda cuando una condición de salud requiere estabilidad, soporte o tracción. De esa forma, no se renuncia a la seguridad al moverse por la casa, pero se evita arrastrar lo que viene del afuera.

Ahora bien, el especialista aclara algo importante: encontrar microorganismos en los zapatos no significa que necesariamente provoquen una infección. Retirar el calzado reduce una vía de ingreso de contaminantes, no los elimina por completo. Es una herramienta más dentro de la rutina de cuidado del ambiente hogareño, no una solución mágica.

Mientras escribo esto pienso en la cocina de Margarita, en el living donde su nieto más chico arma torres con los sillones de plástico y después se tira a juntar las piezas del piso. Pienso en las abuelas y los abuelos de Villa Devoto, de Belgrano, de San Telmo, de La Boca, de todos los barrios de esta ciudad, que reciben a los nietos los fines de semana y podrían aplicar este hábito sin gastar un peso.

Por eso le pido al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que incorpore esta recomendación en las campañas de salud ambiental que difunde en los centros de salud y en los jardines de infantes. Basta con un folleto simple, en castellano, que llegue a cada familia: saquemos los zapatos en la puerta, pongamos una alfombra, trapemos el piso. Son gestos chicos que pueden proteger el aire que respiran los que todavía están creciendo.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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