Despedidas que se bailan, se comen y se navegan: cuando el duelo se vuelve encuentro
Recorrido por cinco tradiciones funerarias alrededor del mundo que convierten la pérdida en una celebración colectiva de la vida. De Nueva Orleans a Ghana, del Día de Muertos mexicano a la fiesta de las Ñatitas en La Paz, hasta el círculo de tablas en el mar que arman los surfistas del Pacífico.
El otro día, en la costanera de San Telmo, me crucé con Enrique, un vecino que estaba sentado en un banco mirando el río. Hacía poco se le había muerto un hermano y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: «Yo no quiero que me lloren en un cuarto cerrado, quiero que me canten en la calle». La frase me pegó porque va justo al corazón de una nota que vengo pensando desde hace tiempo: no todas las culturas entierran a sus muertos en silencio. Hay pueblos que despiden con música, con comida, con flores en el agua y hasta con ataúds con forma de pescado.
De Nueva Orleans a La Paz: cinco maneras de decir adiós
El duelo tiene muchas formas y, en gran parte del mundo, la despedida es cualquier cosa menos un trámite en penumbras. La psicóloga del duelo que consulté para esta nota loresume así: llorar no es la única manera de procesar una pérdida. A veces hace falta un tambor, un tamal, un cráneo adornado con flores o una ola. Las tradiciones que sobreviven durante generaciones cumplen una función social y psicológica concreta: permiten compartir el dolor, expresar emociones y transitar la pérdida en comunidad, en lugar de encerrarla entre cuatro paredes.
- Nueva Orleans, Estados Unidos. Cuando alguien muere, una banda de música acompaña el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La melodía arranca lenta y se va volviendo festiva a medida que avanza el recorrido. Familia, amigos y hasta desconocidos bailan junto al féretro. Para los locales, no es una falta de respeto: es la forma de honrar la vida que se fue y de abrazar a los que quedan.
- México. El Día de Muertos, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible de la humanidad, se sostiene sobre una idea potente: las almas regresan, aunque sea por un rato, al mundo de los vivos. Las familias arman altares con la comida favorita del difunto, flores, velas y objetos personales. Los cementerios se llenan de colores y la gente pasa la noche entera junto a las tumbas. La muerte se vive como una presencia fugaz, no como una ausencia definitiva.
- Bolivia. Cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz. Los creyentes llevan cráneos humanos, los visten, los adornan con flores, coca, cigarrillos y velas, y los llevan a bendecir. La tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran. Es una de las manifestaciones funerarias más singulares de toda América.
- Ghana. En algunas regiones del país, la creatividad se mete en el ataúd. Las familias encargan un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pescado para un pescador, un avión para un piloto, un libro para alguien que amaba leer. La ceremonia puede durar hasta tres días e incluye coreografías colectivas durante el traslado del féretro hasta la tumba.
- Surfistas del Pacífico. La despedida ocurre en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas, arrojan flores al centro y cada uno dice unas palabras sobre el fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se esparcen en ese mismo lugar, mecidas por las olas.
Hay algo que se repite en todas estas tradiciones y que a mí, personalmente, me emociona: en ninguno de estos casos se le niega el dolor a nadie. Al contrario, se lo reconoce, se lo nombra y se lo canaliza en algo compartido. En México no se come y se baila porque el muerto no importe, sino porque importa tanto que la familia se reúne a cocinar su plato preferido. En Ghana no se elige un ataúd con forma de avión por capricho, sino para que el último viaje sea un homenaje a lo que esa persona fue. En el agua, los surfistas no esquivan el llanto: lo hacen en ronda, sosteniéndose unos a otros.
Un reclamo a la comuna: hacer lugar al duelo
Pensando en Enrique, sentado en la costanera de San Telmo, y en los miles de vecinos que en este país entierran a alguien todos los días casi en silencio, me queda una pregunta que le quiero dejar al Municipio porteño, y que se podría discutir en cualquier ciudad del Área Metropolitana: ¿por qué ciudades no hay espacio público para despedir a los muertos de otra manera? No pido que copiemos el jazz fúnebre de Nueva Orleans ni los altares del Día de Muertos, pero sí que se habiliten protocolos flexibles para ceremonias al aire libre en plazas y parques, con música, con palabras, con la posibilidad de juntarse alrededor de un ataúd o de una urna sin que un inspector municipal aparezca a los cinco minutos. El duelo necesita aire, necesita cuerpos alrededor y necesita, muchas veces, un acorde. Le pido al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que abra una mesa de trabajo con organizaciones vecinales, cultos religiosos y colectivos culturales para pensar cómo diseñamos rituales laicos y comunitarios de despedida en el espacio público. Cuando una sociedad aprende a despedir a sus muertos sin esconderlos, también aprende a cuidar mejor a los vivos que quedan.
