El clásico que se negó a tener heredero: los sucesivos intentos de resucitar a Casablanca
Cuatro décadas, cuatro proyectos y un solo resultado: el film de 1942 con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se mantuvo intacto ante cada intento de Warner Bros. por… perdonen, por continuar su historia.
Abran bien los ojos y acompáñenme, porque esto arranca con el primer acorde de una película que, para mí, es casi un himno: la luz tenue del Rick's Café, el ruido de las fichas en la mesa de ruleta y ese piano que suena como si el destino estuviera afinando los instrumentos antes de la tormenta. Les cuento una historia de Hollywood que no terminó en Hollywood, sino en un callejón sin salida que se repite cada tanto: los intentos fallidos de hacer una secuela de Casablanca, ese mojón del cine que ya cumplió más de ochenta años y al que nadie le encuentra la vuelta para… perdón, para continuar.
Miren, les soy sincero: cuando uno revisa la historia del cine se topa con que Casablanca es, probablemente, la película más cuidada y más celosamente guardada de todas. No es capricho ni soberbia del estudio: es que Warner Bros. probó al menos cuatro veces a lo largo de décadas darle un heredero, y las cuatro se fueron al tacho. Una secuela de posguerra, un remake, una historia escrita por uno de los guionistas originales y un intento posterior de la propia familia dueña del estudio. Ninguno prosperó. Y cuando uno termina de leer el detalle, entiende por qué: el peso del clásico de 1942, con un Humphrey Bogart de capa y espada moral y una Ingrid Bergman que parece flotar entre el deber y el amor, resultó literalmente imposible de igualar.
Cuatro proyectos, un mismo destino
- Brazzaville, la secuela inmediata que se cayó por traicionar la esencia del personaje.
- El remake que François Truffaut rechazó en 1973 con argumentos que todavía hoy parecen definitivos.
- Return to Casablanca, el tratamiento de Howard Koch en los años ochenta, pensado para traer de vuelta a una Ingrid Bergman que ya no estaba.
- El intento de la familia Warner en los años posteriores, que volvió a chocar con la misma pared.
El primer intento llegó casi pegado al estreno original, cuando el estudio le puso manos a la obra a una secuela titulada Brazzaville. El guion lo escribía Frederick Stephani y la idea era juntarnos otra vez con Rick, con el capitán Renault y hasta con Ferrari, el personaje de Sydney Greenstreet. La historia retomaba esa conversación final entre Rick y Renault en la pista del aeropuerto, esa donde la niebla se traga un avión y dos corazones quedan flotando, y se proponía explorar el futuro del protagonista sin Ilsa. El proyecto se cayó solito cuando los responsables se dieron cuenta de que uno de sus giros centrales, revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, le hacía trampa a la evolución del personaje en la película original. Una herejía, digamos, que hubiera cambiado para siempre la mística de ese café.
Después vino el intento de los años setenta, que es de mis favoritos porque tiene aroma a cine de autor europeo. En 1973, el estudio pensó en tirar la casa por la ventana con un remake y le ofreció la dirección a François Truffaut, el francés que por entonces era el enfant terrible de la Nouvelle Vague. Truffaut dijo que no, y lo dijo con una franqueza que todavía hoy resume el problema de fondo: encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible, y el cariño que el público estadounidense le tenía a la película hacía todavía más difícil justificar una nueva versión. La negativa enfrió la iniciativa de manera definitiva.
El proyecto más serio llegó en los años ochenta, de la mano de Howard Koch, uno de los guionistas del film original. Koch escribió un tratamiento para una secuela llamada Return to Casablanca, ambientada dos décadas después del cierre del Rick's Café. La historia seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su origen y se iba a Oriente Próximo en busca de su viejo. Koch pensaba contar con la propia Ingrid Bergman para interpretar a una Ilsa ya grande, con el pelo canoso y las ojeras del recuerdo, pero la muerte de la actriz, en 1982, le torció el brazo al proyecto. Warner revisó el material, pidió cambios, recibió una versión retocada en 1989 y la rechazó otra vez.
Después asomó Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, con ganas de reflotar la idea. La respuesta volvió a ser negativa, aunque el estudio dejó la puerta entreabierta: si aparecía un director con arrestos para bancar el proyecto, lo iban a reconsiderar. Lo que pasa es que, claro, ningún director se animó. Y acá, amigos, viene la reflexión de fondo, que me parece la más jugosa de toda esta historia.
Por qué Casablanca se niega a… a tener continuaciones
La resistencia del clásico a cualquier… perdón, de cualquier continuación no es por falta de ganas ni de guionistas con oficio. Es algo más de fondo: el impacto del film descansa en un final que no pide reescribirse. La última imagen, el avión que se pierde en la bruma, la frase de Renault sobre el principio de una hermosa amistad, el Rick que se queda caminando solo bajo la lluvia mientras Ingrid Bergman desaparece: todo eso cierra con una rotundidad tal que cualquier intento de agregar algo se siente como pisarle la tumba. Lo que no se animan a, no se anima nadie, y eso incluye al propio estudio que lo parió. Me parece que por eso Casablanca sigue siendo, como decimos los que curtimos butaca en el Gaumont, un clásico que no necesita hijos: le basta con su propia leyenda.
A quién ir a escuchar después de esta nota
Si esta historia les dejó ganas de seguir navegando por el mundo del cine clásico y de chamamé, les recomiendo una cita ineludible: en Buenos Aires, todos los meses de noviembre, las peñas de la Ciudad Vieja traen a Los Carabajal o a Chango Spasiuk cuando se ve música con raigambre litoraleña. Vayan a escucharlos, llévense un mate y un pañuelo, y fíjense cómo estos músicos logran algo parecido a lo que Casablanca logró con su guion: contar una historia cerrada que, sin embargo, te deja la sensación de que la noche sigue afuera del salón, esperando que vos también camines bajo la lluvia con la frente en alto. Esa, amigos, es la mejor secuela posible: la que cada uno se construye en silencio, mientras la ciudad se pierde en la bruma y el bandoneón se calla de a poco.
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