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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio de ser el pilar: por qué hay porteños que cruzan los 60 rodeados de gente, pero solos

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes y queridas que, llegada la madurez, descubren que sus vínculos fueron casi siempre funcionales. Mover el avisito a tiempo puede cambiar la película.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · · hace 1 h
El precio de ser el pilar: por qué hay porteños que cruzan los 60 rodeados de gente, pero solos

Esta nota arranca en la costanera, un martes a las diez de la mañana, con Marta tomando mate en un banco frente al río. Tiene 62 años, vive en Belgrano, y hace unos meses me contó algo que se le quedó dando vueltas: "Tengo conocidos en todos lados, pero si mañana me pasa algo, no tengo a quién llamar". Esa frase, que se repite con distintos acentos en las plazas de Buenos Aires, es el punto de partida de lo que la psicología clínica empieza a mirar con seriedad.

Porque no es lo mismo no tener gente que no tener red íntima. Hay un perfil concreto que describen los especialistas: personas que fueron el sostén de su familia, de su grupo de amigos y hasta de sus compañeros de trabajo durante décadas. Siempre escucharon, siempre mediaron, siempre resolvieron. El problema no es la cantidad de vínculos, sino la calidad de esos vínculos.

Cuando el cariño se vuelve función

A ese patrón lo suelen llamar cuidado compulsivo: construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. La persona que ocupa ese lugar escucha, aconseja, contiene. Pero rara vez recibe lo mismo de vuelta. Con los años, el entorno aprende la asimetría y la naturaliza. El amigo, la hermana, el hijo, no son malintencionados: simplemente asumieron que la persona fuerte no necesita ayuda, que está ahí para darla.

El mecanismo se vuelve cruel cuando cambia el escenario. Una salida del mercado laboral, una mudanza, una pérdida personal o cualquier crisis propia expone que muchos de esos vínculos dependían de la utilidad funcional: el acceso a contactos, a experiencia, a capacidad de gestión, a un favor concreto. Cuando la utilidad cae, la red se adelgaza de golpe.

La salida que propone la psicología no es dejar de cuidar a otros, sino habilitar la reciprocidad. Dos movimientos simples y difíciles a la vez: decir en voz alta lo que uno necesita, en lugar de esperar que el entorno lo adivine, y revisar qué vínculos se sostienen solo por lo que uno aporta y no por lo que se devuelve. Cuanto antes se trabaje ese patrón, más años por delante quedan para construir relaciones de ida y vuelta antes de que la red social se reorganice con la jubilación o con los cambios de etapa.

Un pedido concreto al Municipio

Por eso le pido al Ministerio de Salud de la Ciudad que sume, en los centros de salud del barrio, talleres gratuitos y sistemáticos de reflexión sobre vínculos en la adultez, abiertos para mayores de 50 años. No como una charla aislada, sino como un espacio sostenido donde cada uno pueda revisar qué relaciones tiene y qué relaciones quiere construir antes de que la vida lo empuje a revisarlas en soledad.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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