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Jueves, 22 de octubre de 2026
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Exoesqueletos que asombran, rampas que siguen sin estar: el negocio de mirar para otro lado

Un periodista con discapacidad y una filósofa de la educación ponen el dedo en la llaga: se invierte en lo extraordinario y se abandona lo básico. Las barreras del entorno, desde una vereda rota hasta una página web incompatible, quedan relegadas mientras la superación individual se vuelve espectáculo.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · · hace 1 h
Exoesqueletos que asombran, rampas que siguen sin estar: el negocio de mirar para otro lado

Cuando una persona cuadripléjica sube una escalera con un exoesqueleto de última generación, la imagen recorre las redes y se llena de elogios. Lo que casi nunca aparece en esa escena es la pregunta de fondo: por qué esa escalera sigue siendo un obstáculo en pleno siglo veintiuno. Esa incomodidad, que a muchos nos pasa por alto, es el corazón de un debate que hace ruido fuera de la Argentina pero que acá nos toca de lleno, en cada vereda rota de Palermo, en cada oficina pública sin cartelería legible, en cada portal del Estado que un lector de pantalla no puede descifrar.

Yo lo veo todas las semanas en la costanera, charlando con Marcelo, un vecino de toda la vida que se mueve en silla de ruedas. Marcelo no me pide un robot que lo lleve a la cima del cerro de San Bernardo. Me pide que la rampa del banco de enfrente no esté ocupada por una moto, que la puerta del centro de salud tenga el ancho que dice la ley y que, cuando llueve, el municipio no se haga el distraído con el pozo que se forma justo frente a la parada del colectivo. Lo suyo no es un reclamo estridente: es el pedido cansado, paciente, de alguien que aprendió a vivir esquivando barreras que el resto de la ciudad ni registra.

El contraste que incomoda

El periodista Robert Kingett, que escribe sobre discapacidad desde su propia experiencia, lo planteó con una claridad que a mí me resonó fuerte: los dispositivos más vistosos y caros tienden a tapar con su brillo las soluciones menos glamorosas pero mucho más urgentes. Una rampa bien hecha, una entrada accesible, una página web que funcione con un lector de pantalla. Su argumento es bien terrenal: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña, necesita poder ir a la biblioteca del barrio sin que la puerta le diga que no.

Lo que Kingett pone en evidencia es que el eje del problema se. Ya no se trata solo de lo que una persona puede o no puede hacer con su cuerpo, sino de las condiciones que el entorno le pone en la puerta para hacer algo tan ordinario como comprar pan, leer el diario o entrar a un edificio público. Cuando eso falla, no hay gadget que lo arregle.

Cuando el diseño decide por el usuario

La filósofa de la educación Liz Jackson acuñó una expresión que a mí me parece clave: disability dongle, algo así como el artilugio para la discapacidad. Sirve para describir esas soluciones ingeniosas que terminan respondiendo a necesidades mal definidas, armadas sin participación real de quienes las van a usar. La persona con discapacidad aparece en la foto de la presentación del producto, pero no tuvo voz sobre qué se decidió construir ni puede discutir la premisa de partida.

“Diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle de proceso: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.”Liz Jackson, filósofa de la educación

Lo que queda en la calle

  • Rampas en esquinas y accesos a edificios públicos que hoy son una excepción y no una regla.
  • Puertas anchas y baños adaptados en centros de salud, escuelas y oficinas municipales.
  • Sitios web del Estado y de empresas de servicios compatibles con lectores de pantalla.
  • Cartelería en braille y con tipografía legible en paradas de colectivo y hospitales.
  • Veredas y cruces peatonales sin pozos, sin motos encima y con rebajes permanentes.
  • Ascensores funcionando todos los días del año, no solo en las inauguraciones.

Desde esta mirada, una tecnología que termina sustituyendo a las transformaciones del entorno se vuelve, sin querer, una excusa para no remover las barreras. La épica de la superación individual convierte en hazaña lo que debería ser simplemente posible. Como cuando a alguien lo felicitan por entrar solo a un bar, como si la dificultad estuviera en él y no en la puerta que no abre.

La discusión no pasa por descartar la innovación. Pasa por reorientar qué se considera digno de ser resuelto: no solo lo extraordinario que conmueve en un video, sino también lo cotidiano que todavía exige un esfuerzo enorme para lograrse. La tecnología más revolucionaria que puede existir, para mí, es una ciudad que deje deponer a prueba a sus propios vecinos.

Por eso termino como empecé, del lado de la costanera, junto a Marcelo: le pido al municipio de la ciudad que, antes de pensar en robots y aplausos, se siente a hacer el trabajo aburrido y obligatorio de cumplir la ley. Rampa por rampa, puerta por puerta, vereda por vereda. Que la accesibilidad básica deje de ser un mérito y pase a ser, de una vez por todas, una garantía.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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