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Joshua Slocum, el grumete que le dio la vuelta al mundo solo y se lo tragó el mar

Reconstruyó un balandro podrido, navegó sin cronómetro y sin saber nadar, y se convirtió en el primer solitario en circunnavegar el planeta. Once años después zarpó hacia el sur y nunca volvió. Un retrato del navegante que el océano se guardó para siempre.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Vine a la costanera un domingo a la mañana, me senté en un banco con el termo bajo el brazo y terminé charlando con Roberto, un jubilado del barrio de La Boca que me prestó un libro viejo, con las páginas amarillentas y la tapa a punto de desprenderse. Era la autobiografía de un marino que no sabía nadar, que navegó sin cronómetro y que se convirtió en el primer hombre en darle la vuelta al mundo solo, a vela. Roberto me dijo: "Este tipo se llama Joshua Slocum, y el mar se lo llevó". Esa tarde empecé a leer y no paré hasta entender por qué su historia sigue obsesionando a quienes todavía miran el río y se imaginan el horizonte de afuera.

El 24 de abril de 1895, un balandro de once metros llamado Spray zarpó del puerto de Boston con un único tripulante: Joshua Slocum, capitán sin trabajo en un mundo que ya apostaba al vapor. No hubo fanfarria ni expedición oficial. Era un hombre de 51 años que había encontrado el barco podrido, abandonado en un pastizal de Massachusetts, y lo había reconstruido tabla por tabla durante trece meses, sin más capital que el oficio acumulado en décadas de navegación mercante.

Tres años, más de 46.000 millas y una proeza sin antecedentes

La travesía se extendió por tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bajó por el Estrecho de Magallanes bordeando el cabo de Hornos, atravesó el Pacífico y el Índico, y regresó a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado antes ese recorrido en solitario. Lo que volvió a puerto no era solo un hombre y un barco: era la prueba de que un puñado de madera remendada y un reloj de hojalata sin cristal podían dar pelea contra el planeta entero.

  • En el Estrecho de Magallanes, para espantar a los fueguinos que subían al barco de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, las pisaron y huyeron.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
  • Navegó sin cronómetro marino: compensaba la falta con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria del mar construida desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia.
  • Decía que, en medio del océano, saber nadar solo servía para alargar la agonía.

En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, un libro que había nacido como serie en revistas. El estilo seco, irónico y preciso de Slocum conquistó a los lectores: el de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y asombro sin afectación heroica. Se volvió célebre. Dio conferencias. Lo recibieron príncipes y marinos. Pero la fama no lo ancló.

La última salida hacia el sur

En noviembre de 1909, a los 65 años, Slocum zarpó una vez más. Esta vez la proa apuntaba al sur, hacia el río de la Plata y más allá. Quería recorrer los grandes ríos sudamericanos y dejar el Spray en algún puerto donde pudiera ser expuesto como lo que era: una reliquia de la navegación a vela. Nunca llegó. Se hicieron búsquedas, se consultaron prácticos, se revisaron rutas. El mar no devolvió ni el casco, ni los papeles, ni un solo indicio cierto. Algunos sugieren que el viejo balandro fue embestido por un vapor en la zona del estrecho de Magallanes o que Slocum cayó al agua mientras dormía. Otros, más poéticos, imaginan que el Spray fue avistado hacia el sur, sin nadie a bordo, como un fantasma blanco. No hay verdad confirmada. Solo la certeza de que el primer solitario en circunnavegar el mundo murió como había vivido: en el mar, sin testigos.

“Nadar, en medio del océano, solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum

Cierro el libro de Roberto y pienso en algo que él me dijo al devolvérmelo: "A veces los que saben menos de sí mismos son los que más lejos llegan". Slocum no sabía nadar, no tenía cronómetro y partió sin un peso de más. Y sin embargo le dio la vuelta al planeta. Le pido al municipio de la ciudad que coloque una placa en la costanera, sea chica, donde se lea el nombre del Spray y el de su capitán. Para que los que vienen a mirar el río los domingos a la mañana se enteren de que un hombre solo, con un reloj roto y un barco remendado, fue capaz de algo que todavía hoy cuesta repetir.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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