Kimberley Wilson lleva a la consulta el debate que muchos médicos prefieren mirar de costado: la
La psicóloga británica propone que cada vez que alguien llega a un consultorio quejándose de cansancio crónico, apatía o ánimo en el piso, se abra la historia clínica con la misma pregunta que se le haría por un dolor de panza: ¿qué comés, cómo dormís, cuánto te movés?
Les confieso algo: arranco la nota todavía con el ruido del río en la cabeza. Bajé temprano a la costanera, me senté en un banco y me puse a leer sobre Kimberley Wilson, una psicóloga que está sacudiendo el avispero en el circuito de terapias británico. Y mientras miraba el agua, pensaba en cuántos vecinos de Lanús, de Avellaneda, de Quilmes llegan a un consultorio con el mismo combo de males que ella describe en su trabajo: un cansancio que no se va ni durmiendo doce horas, una apatía que parece pegada al cuerpo como una sombra y un ánimo que se fue de paseo sin avisar.
Wilson sostiene algo que a esta altura parece de sentido común pero que en la práctica casi nunca se aplica: la salud mental no se puede pensar sin el plato de comida, sin las horas de sueño y sin saber si la persona se mueve o lleva una vida sentada frente a una pantalla desde que amanece hasta que se acuesta. Su planteo es bastante sencillo de explicar y bastante incómodo de aplicar, porque obliga a profesionales y pacientes a mirar la totalidad del cuerpo.
Una historia clínica que indague más allá del ánimo
En una entrevista recogida por el medio especializado \"Chemistry World\", la especialista explicó que cuando alguien llega relatando fatiga persistente, problemas para concentrarse o una tristeza que no se explica, la evaluación tiene que preguntar también qué se come y cómo se descansa. No para descartar la psicoterapia ni los psicofármacos, aclaremos ya, sino para entender qué factores están mezclados en el malestar concreto de cada persona.
Pongámonos en casos reales que se repiten en cualquier barrio de la zona sur del conurbano bonaerense. Una vecina de Remedios de Escalada que carga traumas de toda clase puede necesitar sí o sí una terapia especializada, con profesionales formados en ese terreno delicado. Ahora bien, alguien con anemia o con una alimentación tan restrictiva que dejó afuera grupos enteros de nutrientes puede ver cómo una parte de sus síntomas mejora al corregir esa carencia puntual. No es una cosa o la otra: es todo a la vez, según lo que cada historia clínica vaya mostrando.
- Vitaminas B3 y B12, zinc, selenio y omega-3 aparecen en el listado de nutrientes clave para el funcionamiento cerebral.
- Una deficiencia aislada no determina por sí misma la presencia de un trastorno mental.
- Modificar la alimentación o el descanso puede demandar meses antes de empezar a sentirse la diferencia.
- La evaluación también tiene que contemplar sueño, sedentarismo, consumo de sustancias, conflictos personales y estrés laboral.
“Una deficiencia nutricional no explica por sí sola un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga
Entre las recomendaciones concretas que la especialista difunde, hay una que me parece especialmente atendible para nuestra realidad: sumar al menos una porción semanal de pescado azul —sardina, salmón, caballa— por su aporte de omega-3. Para quienes llevan dieta vegetariana o vegana, la sugerencia es consultar con un profesional de salud sobre las alternativas de suplementación, en lugar de improvisar con cápsulas compradas por internet sin ningún tipo de control.
Wilson llegó a esta mirada integral durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias en internas que muchas veces arrastraban historias de vida durísimas. También cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en contextos carcelarios que vincularon la administración de micronutrientes con una baja en los episodios violentos. La propia investigadora aclara los límites de su planteo: esa asociación no permite reducir toda la conducta de una persona a lo que come, ni mucho menos.
Lo que a mí, como cronista, más me interesa de esta propuesta es el corrimiento que propone. Durante décadas, el consultorio psicológico se sentó a conversar sobre la historia personal, los vínculos, los duelos, las angustias. Wilson no viene a reemplazar nada de eso: viene a pedir que se sume. Que se abra la ventana, hacia la cocina y hacia la rutina cotidiana. Una enfermedad es hambre, viene a decir en el fondo, un ajuste fino que a veces no requiere medicación ni diván sino un plato bien armado y un sobresaltado en la rutina diaria que no nos pide más que sentarnos a conversar sin apuro y, fundamentalmente, un cuerpo bien alimentado para funcionar, como siempre supimos que era, pero que sistemáticamente el sistema de salud decidió mirar de costado.
Antes de cerrar, me crucé con Marta, una vecina del barrio de Lanús Oeste que paseaba a su perro por la costanera. Le conté de qué se trataba la nota y me dijo algo que me quedó dando vueltas: \"yo fui al psicólogo dos años por una depresión y nunca me preguntaron qué comía\". No es un dato científico, es una anécdota, pero suele ser el tipo de evidencia que termina abriendo los ojos. A las autoridades municipales les dejo un pedido concreto: que los centros de salud de atención primaria de la comuna incorporen en las consultas de salud mental un relevamiento básico sobre alimentación, sueño y movimiento, articulado con nutricionistas. No es magia ni una solución para todos los males, pero es un primer paso que puede cambiar la vida de varios de los nuestros.
