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Martes, 6 de octubre de 2026
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La herencia invisible: cuando el mandato de los padres se vuelve culpa en los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares pueden transformarse en un reproche permanente que sobrevive a la infancia y condiciona la vida adulta.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · · hace 1 h
La herencia invisible: cuando el mandato de los padres se vuelve culpa en los hijos

Empecé a escribir esta nota un domingo a la tarde, sentado en un banco de la costanera, charlando con Beatriz, una vecina de toda la vida del barrio de San Telmo que me confesaba algo que le costaba decir en voz alta: cada vez que toma una decisión importante, escucha dentro de su cabeza la voz de su madre preguntándole si está haciendo las cosas bien. Tiene 54 años y esa pregunta, me dijo, no se fue nunca.

La historia de Beatriz me llevó de inmediato al planteo que viene difundiendo la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, publicado por Paidós. Para la especialista, esa voz interior que sobrevive a la infancia no es un capricho ni una exageración: es la huella de expectativas familiares que, transmitidas con buena intención, terminan funcionando como un tribunal permanente.

Cumplir los sueños que otros no pudieron

Wila advierte que muchas veces madres y padres depositan en sus hijos proyectos que ellos mismos no lograron concretar. No lo hacen con mala fe, aclara, pero el resultado es el mismo: los chicos crecen sintiendo que deben responder a deseos ajenos. Desde esa mirada, la exigencia resulta imposible de satisfacer, porque se trata de deseos que pertenecen a otra historia.

“Las expectativas familiares pueden incluir proyectos que los padres no pudieron concretar. Cuando esas metas se trasladan a los hijos, aparece una demanda imposible de cumplir.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)

No hace falta gritar para generar carga

Otro de los puntos que me dejó pensando tiene que ver con la forma del mandato. Wila señala que no hacen falta palabras hirientes para instalar una exigencia. Un pedido dicho con cariño, una mirada de decepción, un comentario sobre lo que hizo el primo o la vecina pueden dejar abierta la pregunta de qué esperan los adultos y qué hay que hacer para merecer su aprobación. Esa búsqueda, advierte la psicóloga, suele traducirse en angustia y, con el tiempo, en culpa.

  • Reproches que no necesitan repetirse: las voces de la infancia pueden instalarse como jueces internos en la vida adulta.
  • Normas que conviven bien frente a mandatos que restringen: la diferencia está en si cuidan a todos o si limitan las elecciones personales.
  • Miedo a perder el afecto: muchas decisiones quedan condicionadas por el temor a decepcionar a quien se quiere.
  • Responsabilidad concreta, no autoincriminación: la propuesta de Wila es revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo.

La autora también marca un límite importante: la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. Por eso, dice, cada recorrido es distinto y está atravesado por palabras, gestos y situaciones vividas. No hay recetas universales, pero sí una invitación común: detenerse a pensar qué está pasando cada vez que aparece la culpa, y distinguir entre hacerse cargo de los propios actos y cargar con un reproche que no corresponde.

Mientras terminaba la charla con Beatriz, en la costanera de San Telmo, me quedó una sensación compartida. Si el municipio y los centros de salud de la ciudad incorporaran talleres abiertos y gratuitos sobre los mandatos familiares, muchos vecinos podrían empezar a desactivar esa voz que, sin saberlo, sigue decidiendo por ellos. Es un pedido concreto: que la salud mental deje de ser un asunto de consultorio privado y se haga, de una vez, en la plaza.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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