La isla existió, el purgatorio no: Lindelof desarma por fin el gran mito de Perdidos
A más de quince años del final, el cocreador de la serie vuelve sobre los flash sideways de la sexta temporada, cuenta cómo apareció la idea y revela el texto budista que les dio la llave para cerrar la historia de Jack, Kate, Hurley y compañía.
Arrancamos por la última imagen, esa que quedó tatuada en la memoria de cualquiera que haya visto Perdidos: Jack Shephard cierra los ojos y muere en la selva, con su perro Vincent al lado. Para Damon Lindelof, cocreador de la serie junto a J.J. Abrams y Jeffrey Lieber, ese cierre no admite discusión. Es el final del camino del personaje y, al mismo tiempo, el final de la historia que los guionistas se propusieron contar. Lo que vino después, esos fotogramas donde los protagonistas se reencuentran en una iglesia de Los Ángeles como si fueran viejos conocidos, pertenece a otro registro, uno que la serie nunca explicitó del todo y que durante más de una década alimentó la teoría más repetida por los fans: la de que la isla era el purgatorio.
Esa lectura, la de que nada de lo que vimos durante seis temporadas había ocurrido en la realidad, fue desmentida por Lindelof cada vez que tuvo micrófono delante. Su posición es tajante y la repite como un mantra: todo lo que pasó en la isla pasó de verdad. La Iniciativa Dharma fue real, el humo negro fue real, los Otros fueron reales. Al terminar la serie, Hurley y Ben seguían custodiando ese rincón del Pacífico. Lo que nunca existió, lo que nunca fue real dentro de la lógica del relato, fue esa línea narrativa alternativa en la que el vuelo Oceanic 815 aterriza sin contratiempos y los pasajeros siguen cada uno con su vida, sin cruzarse jamás.
Un lugar al que vas cuando morís pero no sabés que estás muerto
Para entender qué son los flash sideways de la sexta temporada hay que remontarse a un texto que no tiene nada que ver con Hollywood. Entre la tercera y la cuarta temporada, el equipo de guionistas ya tenía decidido que Jack iba a morir en el último capítulo. La simetría con el piloto los seducía: la serie empezaba con su ojo abriéndose y debía terminar con ese mismo ojo cerrándose. El problema era cómo mostrar lo que le pasaba al personaje después de ese último latido sin caer en un recurso barato ni en una explicación religiosa demasiado explícita.
La respuesta la encontraron en el Bardo Thodol, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos. El concepto de Bardo describe, ni más ni menos, un estado intermedio: el de una persona que muere pero no sabe que está muerta. Nadie puede avisarle lo que ocurrió, aunque sí puede ir recibiendo señales que la van ayudando a entender. Lindelof lo resumió con una frase que define el alma de esos episodios finales: "La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando morís pero no sabés que estás muerto. Nadie puede decírtelo". Ahí, en esa definición, estaba el motor de los flash sideways: los protagonistas se mueven por una realidad luminosa, se reencuentran, charlan, se rien, pero todavía no caen en la cuenta de que ya no están entre los vivos. Lo descubren de a poco, a fuerza de recuerdos que en esa línea temporal no deberían existir.
Por qué nos confundieron a propósito
Para que el público no descifrara la trampa antes de tiempo, los guionistas jugaron una carta arriesgada: metieron los viajes en el tiempo sobre el final de la cuarta temporada y construyeron toda la quinta temporada alrededor de esa mecánica. La idea era que el espectador asociara los flash sideways con una paradoja temporal, con una de esas líneas alternativas a las que la ciencia ficción ya nos tenía acostumbrados. Recién cuando los personajes empezaban a recordar cosas que en esa realidad jamás habían vivido, la pregunta empezaba a flotar en el aire: ¿cómo pueden acordarse de algo que nunca les pasó? Esa incomodidad era la pista. Esa incomodidad era la puerta de entrada al Bardo.
A mí, que seguí la serie semana a semana cuando se emitía por acá, me sigue pareciendo una decisión muy astuta. Apostaron a que la paciencia del público iba a compensar la confusión inicial y, con el diario de hoy, les dio resultado: la escena final de la iglesia, con Jack y su padre Christian dialogando antes de que todos sigan juntos hacia la luz, funciona como una resolución emocional que no necesita que el espectador sea teólogo para entenderla. Hay algo muy nuestro en esa idea de que la muerte no es un corte seco sino un aprendizaje lento, casi silencioso. Y si te interesa el cruce entre espiritualidad y cultura popular, te recomiendo escuchar a Nini Ferrari, que suele meter estas reflexiones en sus letras y convierte cualquier tema en chamamé con la misma facilidad con la que Lindelof metió el budismo tibetano en una serie de la cadena ABC.
- La isla existió: todo lo que pasó en ella durante las seis temporadas ocurrió de verdad, según Lindelof.
- Los flash sideways de la sexta temporada representan el estado posterior a la muerte de los personajes, no una realidad alternativa.
- La idea nació entre la tercera y la cuarta temporada, cuando ya se sabía que Jack moriría en el final.
- La inspiración llegó del Bardo Thodol, el Libro tibetano de los muertos, que describe un estado intermedio tras la muerte.
- Para ocultar la jugada, los guionistas introdujeron los viajes en el tiempo en el final de la cuarta temporada y construyeron la quinta sobre esa base.
