La oveja negra de la Patagonia vuelve al centro de la escena, ahora colgada de una galería porteña
La fotógrafa Laura Ferro convierte en obra la lana que la industria merino deshechaba durante generaciones: una muestra íntima en La Boca rescata memoria familiar, paisaje patagónico y un material que el mercado no quería.
La costanera amanece con el río casi quieto y un vecino, Osvaldo, me pregunta mientras pasea al perro si alguna vez pensé que una oveja negra podía terminar colgada en el centro de una sala de arte. Le digo que no, pero después de pasar por Fundación Larivière, en el barrio de La Boca, la pregunta ya no suena tan extraña. Lo que la fotógrafa Laura Ferro trae a Caboto 564 es, justamente, eso: una historia de descartados convertidos en protagonistas.
Lana negra se llama la muestra, y el nombre no es poético: es técnico. En la industria lanera patagónica, lo que vale es la lana merino blanca. Una sola fibra oscura en un lote arruina todo el cargamento. Así que cuando aparecía una oveja negra en el rebaño, se la separaba rápido, se la descartaba del circuito comercial y listo. Esa materia sin precio, que durante décadas terminó quemada o arrumbada en los galpones de las estancias, es ahora el corazón de la exposición.
Una herencia que llegó en un sweater
Ferro viene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovinos en la Patagonia. Su padre, como tantos otros productores, juntaba la lana negra que no podía vender y se la daba a tejedoras artesanales de la zona, que con esas fibras hacían sweaters para el trabajo rural: prendas rústicas, gruesas, pensadas para el frío y el barro, no para una vidriera.
Después de la muerte de su padre, la fotógrafa encontró uno de esos pulóveres escondidos en un ropero. El sweater fue la punta del hilo, literal y metafórico, de una investigación que lleva años y que ahora se materializa en esta muestra. A partir de ahí, Ferro se propuso rastrear qué había pasado con toda esa lana marginada del mercado, qué historias familiares y qué paisajes se escondían detrás de cada vellón despreciado.
- Reúne fotografías de los últimos diez años junto a imágenes del álbum familiar, algunas tan integradas al conjunto que el visitante tiene que pararse frente al cuadro para distinguir si son antiguas o actuales trabajadas en blanco y negro.
- Incluye una foto de 1924 donde aparece una oveja karakul, pequeña y de perfil, mezclada entre las blancas del rebaño: un documento de época que hoy funciona como retrato fundador de la serie.
- Muestra retratos de las ovejas descartadas, paisajes de la estepa patagónica sin animales y la imagen de los residuos que quedan después del lavado industrial de la lana merino, esa espuma sucia que nadie quiere ver.
- El padre aparece fragmentado en la obra: sus botas junto a las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar.
“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro
En el centro de la sala cuelga una nube oscura hecha de lana cruda, sin ningún tipo de tratamiento. No es un adorno: es el núcleo del proyecto. La fotógrafa cuenta que la pieza nació del duelo. Tras la muerte de su padre, se acercó a la mesita de luz donde él guardaba unas muestras de lana y, al olerlas, sintió que había algo en esa materia que tenía que trabajar desde otro lugar. Así, lo que era un residuo sentimental se transformó en una instalación que pesa en el aire como cuelga el pasado en las familias que viven del campo.
La muestra propone además una relectura del color: la llamada lana negra no es un solo tono, sino una escala que va de marrones oscuros a grises más claros, una paleta que la industria uniforma bajo un nombre y que la fotografía de Ferro devuelve a su variedad real.
Un pedido al municipio
Salgo de Fundación Larivière con una sensación que no me saco de encima. En esta ciudad estamos tan acostumbrados a discutir sobre la Cuenca del Riachuelo, las pasarelas del barrio o los murales pintados con aerosol, que casi nunca hablamos de los oficios que llegaron desde el Sur y que todavía viven entre nosotros, en la ropa, en las fotos, en la memoria de los que se fueron.
Por eso, mientras la nube de lana negra sigue colgando en Caboto 564, me animo a dejar un pedido concreto al Ministerio de Cultura porteño: que acompañe con una agenda accesible la llegada de muestras como esta a los barrios del sur de la ciudad, con visitas guiadas para escuelas secundarias y talleres abiertos para vecinos de La Boca y Barracas. La historia de la Patagonia no puede quedar reducida a una vidriera del centro: también se cuenta acá, a dos cuadras del Riachuelo, si alguien se molesta en abrir la puerta.
