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Domingo, 18 de octubre de 2026
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Pastillas que prometen más años: entre la fiebre del laboratorio y la mesada del living

El boom de los suplementos de longevidad se sostiene en investigaciones de probeta y en modelos animales que todavía no se traducen en resultados clínicos en personas. Qué dice la evidencia y por qué los hábitos de siempre siguen siendo la inversión más segura.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · · hace 2 h
Pastillas que prometen más años: entre la fiebre del laboratorio y la mesada del living

Esta nota la empecé a escribir un martes a la tarde, sentado en un banco de la costanera, charlando con Don Roberto, un vecino del barrio de San Telmo que ya peina canas y me jura que desde que toma unas cápsulas importadas se siente con treinta años menos. Le creí la molestia, no la promesa. Y acá me pongo a desarmarla con lo que dice la ciencia, no con lo que dice la publicidad.

NAD+, la molécula estrella que todavía no pasó el examen mayor

El NAD+ es una coenzima que está en todas las células del cuerpo, hace falta para producir energía y para reparar el ADN. Con los años, sus niveles caen de manera natural y, en cultivos celulares y en animales de laboratorio, aumentar su disponibilidad mejoró algunos parámetros metabólicos. De ese hallazgo nació un mercado enorme de suplementos con NMN y nicotinamida ribósido, que se venden como si fueran una inversión a largo plazo en más años de vida.

El salto entre lo que pasa en una placa de Petri y lo que pasa en una persona es enorme. Los ensayos en humanos confirman que esos precursores elevan el NAD+ en sangre, sí, pero todavía no hay evidencia clínica suficiente de que ese aumento se traduzca en menos enfermedades, en mejor funcionamiento del organismo o en una vida más larga. Que un valor suba en un análisis de laboratorio no equivale a vivir más. Y eso, a los cuarenta, a los cincuenta o a los sesenta, conviene tenerlo muy claro antes de gastar el aguinaldo en frascos importados.

Vitaminas y minerales: cuando el problema es el déficit, no la falta de pastilla

La misma lógica sirve para vitaminas y minerales. El estudio SELECT, con más de 35.000 participantes, mostró que el selenio no previno el cáncer de próstata y que, además, quienes recibieron vitamina E tuvieron mayor riesgo de desarrollarla durante el seguimiento. El ensayo VITAL, con cerca de 25.000 personas, tampoco encontró que la vitamina D ni el omega-3 redujeran el cáncer o los eventos cardiovasculares en quienes no tenían déficit previo.

Pero ojo, eso no significa que estos nutrientes sean inútiles. Cuando existe una carencia real, corregirla tiene impacto concreto. Las deficiencias de vitamina B12 y de vitamina D son frecuentes en edades avanzadas, y tratarlas mejora la calidad de vida. La diferencia está en medir primero y suplementar después, si hay un déficit comprobado, no en tomar a ciegas porque un influencers de Internet dice que es lo último.

  • La ciencia médica avanza en tres escalones: lo que pasa dentro de una célula, lo que se observa en animales y lo que demuestran los ensayos clínicos con muchas personas.
  • Casi toda la oferta comercial de suplementos se apoya en los primeros dos y se presenta como si ya hubiera pasado el tercero.
  • Un hallazgo real pero acotado termina convertido en una promesa que nadie demostró todavía en la clínica.

Lo que sí cuenta con respaldo sólido no viene en cápsulas

Lo que sí tiene evidencia robusta es bastante menos espectacular y mucho más aburrido de marcar en un reel: actividad física regular que incluya ejercicios de fuerza, alimentación equilibrada con proteínas suficientes, buen descanso, no fumar y sostener vínculos sociales. Eso no es marketing, es salud pública básica de toda la vida. Es lo que cualquier médico de cabecera repite en el consultorio y lo que, curiosamente, ningún frasco puede replicar.

Un pedido concreto al municipio de Buenos Aires

Antes de seguir llenando la mesada de frascos, vale la pena pedirle al Ministerio de Salud porteño y a las comunas que refuercen los controles sobre la venta libre de suplementos que se publicitan como antiedad o como prolongadores de la vida sin respaldo clínico, y que impulsen campañas barriales, en los centros de salud y en los clubes de San Telmo, La Boca y Barracas, para informar con claridad qué dice la evidencia y qué dice solamente la publicidad. La longevidad no se compra en una farmacia: se ejercita, se cocina y se cuida, en casa y en el barrio.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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