Ponerles límites a los pibes es cuidarlos, no autoritarismo: por qué la palabra no se negocia
Especialistas en crianza advierten que el diálogo sin reglas firmes confunde a los chicos y les dificulta tolerar la frustración. La clave, dicen, no es gritar ni ceder en todo: es sostener la autoridad con afecto y sin violencia.
Te lo cruzás en la costanera cualquier domingo a la tarde. Carlos, vecino de toda la vida del barrio de Belgrano, me contaba mientras los chicos corrían detrás de una pelota que ya no sabe qué hacer con su nene de seis años. Le pone un límite y termina cediendo antes de que arranque el berrinche. No quiere ser como su viejo, dice, pero sospecha que se le fue la mano con el contrario. La escena se repite en miles de casas de la ciudad y tiene nombre: crianza sin norte, o, como prefieren llamarla algunas especialistas, diálogo que se volvió negociación permanente.
La autoridad no se pierde por hablar, se pierde por huir del conflicto
La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo dice sin rodeos: conversar con los hijos no le quita autoridad al adulto. Al contrario. Lo que la voltea, asegura, es el miedo al conflicto. Si para esquivar un berrinche el adulto mueve el límite, el mensaje que le llega al chico es confuso y, a la larga, bastanteproblemático. Una cosa son las decisiones que se charlan en una mesa familiar y otra muy distinta son las que no se discuten porque hacen al cuidado.
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Autoritarismo y autoridad no son sinónimos
Hay una confusión que atraviesa generaciones enteras y que esta nota, me parece, vale la pena desarmar. Autoritarismo es abuso de poder: es gritar, pegar, imponer sin escuchar, tratar al otro como si no existiera. Autoridad es otra cosa. Es poder decir lo que hay que hacer y sostenerlo, con respeto y con afecto. Respetar a un chico no es dejarlo hacer lo que quiera; es tratarlo bien mientras se le marca un camino. Esa diferencia, pequeña en el diccionario pero enorme en la vida cotidiana, es la que separa al padre o la madre que cuida del que avasalla.
Los tres estilos que describen cómo criamos
- Autoritario: reglas rígidas, poca escucha, obediencia por miedo. Funciona a corto plazo, pero deja heridas.
- Permisivo: mucho cariño y pocos límites. Suele nacer del miedo del adulto a que el chico se enoje.
- Democrático o autoritativo: normas claras sostenidas con diálogo y afecto. Es el que más recomiendan como punto de equilibrio.
Estos tres modelos los describió en los años sesenta la psicóloga Diana Baumrind y, medio siglo después, siguen dando vueltas en las consultas del barrio de Palermo, en las de Flores, en las de cualquier centro de salud de la ciudad. La colega Deborah Bellota aporta lo suyo: los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede fortalecer la autoestima, sí, pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y una resistencia enorme a cualquier figura de autoridad, empezando por la docente de la escuela.
El no como herramienta de cuidado
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan
Leo esa frase y pienso en mi propia infancia enBoedo, en las tardes de verano en la plaza con mi vieja diciéndome que era hora de dejar el hamaco. Costaba, claro que costaba. Pero algo de eso se fue tejiendo por dentro, como una especie de musculatura emocional que después me sirvió para bancarme un examen, una mudanza, un despido. Esa capacidad no aparece sola: se aprende. Y se aprende, justamente, tropezando con el no adentro de un entorno seguro, donde alguien te contiene después del chirlo. Si un chico no experimenta esa frustración chiquita en casa, le va a costar mucho más procesarla afuera, cuando el mundo no le va a tener la misma paciencia.
Decir no es empezar, no terminar
Bellota aclara algo que a muchos se les pasa por alto: el trabajo del adulto no termina cuando suelta el no. Después viene lo más difícil, que es sostener el límite en el tiempo, explicar por qué se tomó esa decisión y, sobre todo, acompañar la emoción que esa decisión despierta en el chico. No se trata de ganar una pulseada, se trata de enseñar que las reglas existen, que alguien las sostiene y que, aun así, ese alguien sigue estando del mismo lado. Es ahí, en ese después, donde se construye la confianza.
Me quedo pensando en Carlos, el de la costanera, y en los miles de padres y madres que andan por la misma. La pregunta que les queda flotando no es si son buenos o malos, sino si están dispuestos a bancar el momento incómodo que supone sostener un no. Porque criar, me parece, es justamente eso: tolerar uno mismo la frustración del hijo para que él aprenda a tolerar la suya. Le pido al Municipio de la Ciudad de Buenos Aires que siga acompañando a las familias con talleres de crianza respetuosa en los centros barriales, porque hace falta mucho pueblo para que un chico crezca sano y eso, en definitiva, es tarea de todos.
