Torrente según Toledo: cuando el villano se sienta en el sillón del héroe
El actor Guillermo Toledo reavivó la discusión sobre la saga de Santiago Segura y planteó que el personaje debería funcionar como antagonista y no como protagonista. Un debate que va mucho más allá de la comedia española y toca una pregunta incómoda: ¿sirve el humor para cuestionar o para naturalizar?
La cosa arrancó como arranca cualquier chamamé: con el primer acorde, ese rasguido de guitarra que ya te pone en clima antes de que empiece la canción. Y digo esto porque la frase con la que Guillermo Toledo sacudió la semana viene con esa misma energía de apertura, de algo que estaba ahí dormido y de golpe te suena en el pecho. Toledo dijo lo que muchos piensan y pocos se animan a decir en voz alta: que el personaje de Torrente, ese invento cinematográfico de Santiago Segura, reúne en un solo cuerpo todo lo más oscuro del estereotipo español —el fascismo, el racismo, la homofobia, el machismo— y que, en lugar de quedar expuesto como lo que es, termina coronado como protagonista de su propia saga.
La frase que encendió todo
Lo dijo con una claridad que duele: «Se enfada mucho cuando yo le digo que haría de un fascista feliz como Torrente, pero no en una película como Torrente. Tendría que ser el malo de la película, no el héroe». Ahí está el núcleo de la cuestión, y vale la pena quedarse un momento en esa oración porque Toledo no está diciendo que Segura sea fascista —sería una lectura torpe y malintencionada—, sino que el personaje que creó y al que le dio vida durante cinco películas funciona, en términos narrativos, como un villano al que la saga terminó celebrando en lugar de señalar.
Y acá me parece que aparece algo clave para entender por qué este debate no es menor. Toledo no habla desde afuera: habla desde adentro, porque trabajó con Segura, porque lo conoce, porque compartieron sets y escenas, porque la última vez que se cruzaron profesionalmente fue en La reina de España, en 2016, y antes en El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, allá por 2004. Cuando alguien que conoce el paño de cerca levanta la voz, la discusión cambia de tono.
La escena de la carne, el espejo y la risa
“La gente se reía con eso, les parecía gracioso. Es peligrosísimo, porque el humor es un arma política muy poderosa.”Guillermo Toledo
Toledo puso el dedo en una escena que ya es parte del folklore de la saga: Torrente tira un trozo de carne al suelo y tres personas negras se pelean por él. Según su lectura, en esa secuencia no hay crítica, no hay distancia irónica que invite a pensar; hay, directamente, un refuerzo de estereotipo envuelto en carcajada. Y la pregunta que deja flotando es la que a mí, como espectador, más me incomoda: ¿de qué nos reímos cuando nos reímos de eso?
Animalario y la risa como incomodidad
El actor trae a colación su paso por Animalario, la compañía teatral donde el humor se trabaja como herramienta para incomodar a quien mira. Y la frase que rescata de esa experiencia es, a mi entender, la más fuerte de toda la declaración: «Tienes que aprovechar esa risa para que el público diga: de qué me estoy riendo. Te pone frente a un espejo». Ahí está la diferencia que Toledo traza entre dos usos del humor que parecen iguales pero no lo son: uno que usa la risa para abrir una pregunta, y otro que usa la risa para cerrar la pregunta antes de que se formule. En guaraní, a esa sensación de espejo que te devuelve la propia imagen sin anestesia la podríamos llamar jehe’a, que es justamente eso, verse de verdad. Y lo que Toledo viene a decir es que Torrente no funciona como espejo crítico, sino como vitrina celebratoria.
- Toledo cuestiona que Torrente sea tratado como héroe cuando reúne los rasgos de un villano clásico: fascismo, racismo, homofobia y machismo.
- El actor asegura que Santiago Segura «se enfada mucho» cada vez que le plantea el tema en términos de antagonismo.
- Puso como ejemplo la escena de la carne arrojada al suelo, donde a su juicio no hay lectura crítica sino refuerzo de estereotipo bajo el formato del humor.
- Distinguió entre el humor de Animalario, que incomoda y obliga a repensar, y el de Torrente, que en su lectura se limita a reproducir.
- La última colaboración entre ambos fue La reina de España (2016); antes habían coincidido en El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004).
Yo no voy a decirle a nadie qué tiene que pensar ni qué tiene que sentir cuando mira Torrente. Pero me parece que Toledo plantea una pregunta que excede a la saga y al cine español, y que toca a cualquier comedia que use personajes repulsivos como vehículo de risa masiva: ¿el humor sirve para desarmar lo que muestra, o termina siendo la mejor coartada para que lo mostrado quede instalado sin que nadie lo moleste? ¿La ambigüedad es parte del juego, como sostienen los defensores de Segura, o la ambigüedad es, en algunos casos, el refugio perfecto para que nada cambie?
Si a alguien le picó la curiosidad después de leer todo esto y quiere ver a Guillermo Toledo en escena con esa impronta de humor incómodo que él reivindica, vale la pena seguirle el rastro en los próximos proyectos teatrales que vaya anunciando: es de esos actores a los que conviene ver en vivo, cuando el cuerpo y la mirada hacen el resto. Y si lo que uno quiere es volver a la saga para mirar a Torrente con los ojos que Toledo propone, las cinco películas están ahí, esperando al espectador que ya no se ríe igual.
