Treinta años después del silencio antártico: la infancia de Natalia López en la Base Esperanza
La periodista y locutora reconstruyó en su primer libro la invernada de 1996 en la dotación más austral del país. Una caída al agua, el rescate a manos de su hermana, los juegos en el casino y el nacimiento de una vocación que la trajo de vuelta al continente blanco.
Parado en la rambla de Costanera, con el río marrón de fondo y el viento pegando de costado como tantas veces, me crucé con Felipe, que baja todas las mañanas a tomar mate mirando a los barcos pasar. Le conté que estaba leyendo un libro sobre una pibe de doce años que pasó un año entero en la Antártida, y me dijo algo que me quedó dando vueltas: 'Cualquiera se acostumbra al frío, pero nadie se olvida del frío'. La pibe es Natalia López, hoy periodista y locutora, y su historia empieza en 1996, cuando tenía doce años y sus padres aceptaron lo que parecía una locura: pasar una invernada entera en la Base Esperanza, en el extremo más austral del continente antártico.
La vida cotidiana en el fin del mundo
La Base Esperanza no es un puesto militar cualquiera. Es una de las pocas dotaciones antárticas donde viven familias, y durante los meses más crudos del año el termómetro se empecina en bajar de los veinte bajo cero y el viento no te deja parado. López llegó allí con sus padres y sus hermanos, y como otros chicos y chicas de la dotación, hizo del casino de la base su centro de operaciones. Allí adentro había mesa de pool, metegol y equipos para escuchar música, porque afuera la vida se medía de otra manera: caminatas cortas, siempre con una radio handy para no perderse, y la regla de oro de nunca caminar solo sobre el hielo.
Desde el primer día, cuenta López, les dieron indicaciones precisas para reconocer los riesgos del terreno. Qué zonas se ponían peligrosas, cómo leer el color del hielo, qué hacer si empezaba a crujir. Pero a los doce años, y con varios chicos alrededor, las indicaciones a veces se mezclan con la confianza que da el haber caminado mil veces por el mismo lugar.
La caída, el rescate y la caminata de tres kilómetros
Fue en una de esas salidas, con un grupo de chicos y chicas, cuando el hielo cedió bajo sus pies. López cayó al agua de deshielo y quedó sostenida apenas con las manos y los brazos, aferrada al borde, hasta que su hermana se agachó para tirar de ella y ayudarla a salir. Mientras tanto, un adolescente del grupo volvió corriendo a la base para dar aviso.
Lo que sigue es de esas escenas que parecen inventadas y sin embargo son reales: López y el resto del grupo caminaron unos tres kilómetros de regreso por sus propios medios, mientras los adultos salían a buscarlos. Cuando llegaron, la primera atención fue una ducha caliente para que recuperara temperatura corporal. Después del susto, sus padres también la retaron con firmeza por lo ocurrido, porque en la Antártida un descuido puede pagarse muy caro.
Austeridad, trueques y el germen de una vocación
La convivencia en la base le dejó, según relata la propia López, una mirada particular sobre las necesidades cotidianas. En Esperanza se llevaba lo indispensable y los objetos disponibles cobraban otro valor. Cerca del final de la estadía, por ejemplo, hubo un intercambio que parece de otra época: cucharitas argentinas por manzanas frescas con pasajeros de un buque turístico alemán. En un continente donde no crece nada, una fruta se vuelve un tesoro.
- La madre de Natalia trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional de la Base Esperanza, y ese contacto cotidiano con el micrófono le despertó a la hija el interés por la radio.
- Más adelante, López estudió periodismo y locución, y realizó una tesis documental sobre la Antártida.
- Desde aquella invernada de 1996, regresó al continente blanco en cuatro oportunidades, siempre con la idea de volver a pisar ese hielo que la marcó de chica.
Tres décadas después, López juntó todos esos recuerdos en Una casa en el fin del mundo, su primer libro, donde reconstruye la vida familiar y comunitaria en una base antártica habitada. Lo que cuenta no es una postal turística ni una hazaña épica: es la historia de una pibe porteña que se crió entre icebergs, aprendió a jugar al pool con meteorólogos y militares, casi se cae al agua congelada y volvió a salir caminando.
Me quedo pensando en lo que me dijo Felipe en la rambla, y le sumo un pedido que se cae de maduro: ojalá el municipio de Río Grande o de Ushuaia, las dos ciudades antárticas por excelencia, aprovechen el libro de Natalia para llevar a las escuelas de la zona un programa de visitas de ex invernantes como ella. Que los chicos de Tierra del Fuego, los que viven mirando hacia el sur, puedan escuchar de primera mano cómo se crece cuando el mundo se termina. La Antártida no es un punto en el mapa: es una escuela, y hay que abrirle la puerta a los pibes antes de que se apague la memoria.
