Vecinos de Bratenahl le ponen freno a los árboles de Taylor Swift y Travis Kelce: "desbordes catastróficos" les preocupa
En una pequeña localidad frente al lago Erie, los planes de forestación y vallado de la pareja más famosa de Estados Unidos chocan con los caños del barrio, los ciervos del lugar y más de treinta años de vecindad.
La primera escena es, casi, una postal idílica: una mansión de cinco millones de dólares sobre la costa del lago Erie, comprada en marzo por una sociedad limitada que, según todos los indicios, pertenece a Travis Kelce, el ala cerrada de los Kansas City Chiefs, y a su novia, Taylor Swift. El primer acorde de esta historia suena a retiro dorado de una estrella pop y un campeón del fútbol americano. Pero apenas uno se acerca a las actas de la Junta de Revisión Arquitectónica de Bratenahl —un pueblo chico, acomodado, arbolado, del noreste de Ohio— se entiende que la armonía vecinal hace rato que viene desafinada.
En las últimas reuniones de planificación municipal, varios vecinos de la pareja se acercaron hasta el edificio consistorial para dejar muy clara su postura sobre el proyecto de reformas que la pareja quiere llevar adelante en su propiedad. Y lo que empezó como una serie de permisos de rutina terminó transformándose en un cruce de argumentos, miedos concretos y bastante papeleo. La cuestión de fondo es doble: por un lado, un plan de forestación que prevé plantar árboles de hoja perenne; por el otro, una valla de privacidad que la Junta ya aprobó en septiembre, con una altura rebajada de 2,4 a 1,8 metros después de idas y vueltas con los frentistas.
Una cañería, treinta años de vecina y 75.000 dólares en juego
La intervención más comentada fue la de una residente que vive en la casa de al lado desde hace más de tres décadas. La mujer tomó la palabra en la reunión y, con un tono que cualquiera en un pueblo chico reconoce como el de alguien que sabe lo que dice, explicó que plantar árboles de hoja perenne justo por la zona donde pasa una tubería de desagüe compartida entre varias propiedades podría provocar, textual, "desbordamientos catastróficos del alcantarillado". Detrás de ese razonamiento hay un dato muy concreto y muy norteamericano: la vecina contó que un presupuesto que ella misma pidió para proteger esa cañería de las eventuales raíces dio 75.000 dólares. Y que ese tema, claro, ya está siendo tratado con el abogado de la pareja.
No es un capricho ni una exageración aislada. Las raíces de ciertos árboles perennes tienen la mala costumbre de meterse en las juntas de los caños, obstruirlos, romperlos. En un barrio donde las cañerías son compartidas, una raíz traviesa no jode nada más a quien la plantó. La vecina, además, dijo estar dialogando directamente con la representación legal de Kelce y Swift para encontrar una salida técnica. Mientras tanto, la Junta aprobó en la última sesión el proyecto de paisajismo correspondiente al frente de la propiedad, y se espera que en una próxima reunión se presente un tercer plan para darle continuidad a las reformas.
Ciervos, arbustos y la lógica del barrio
El otro vecino que alzó la voz fue con una preocupación de otra naturaleza, pero igual de atendible. Cuestionó la tala de arbustos que ya existen en el terreno y advirtió que, si se coloca finalmente la valla proyectada, podrían registrarse daños a los ciervos que suelen circular por la zona. En un pueblo como Bratenahl, los ciervos no son una rareza ni un exotismo: son parte del paisaje cotidiano, y lastimarlos con un cerco es un tema que cualquier vecino toma en serio. Entre unas cosas y otras, lo que aparece en el medio es una pregunta bastante razonable: hasta dónde la lógica del "yo pago, yo decido" de una propiedad privada se topa con la lógica del "acompañamos desde hace décadas y la cañería pasa por debajo de mi casa también".
Del lado de la pareja, el responsable del proyecto, Jacob Kutz, de la empresa Tiny Construction, expuso en la reunión que la intención detrás del vallado y la forestación es, lisa y llanamente, "privacidad y seguridad". Y, para mostrar buena voluntad, contó que se hicieron a cuenta propia —Kutz dijo "sin pedir ayuda"— tareas de mantenimiento como la limpieza a presión de la tubería de alcantarillado. El gesto fue leído como un intento de amigarse con el barrio antes de seguir avanzando con el resto del proyecto. A la vez, la pareja instaló un sistema de alerta que avisa cuando alguien se acerca demasiado al inmueble, lo que dibuja un cuadro bastante elocuente de cómo viven los famosos cuando están en su casa: entre sensores, abogados y reuniones de planning board.
El pueblo chico, la pareja grande
Bratenahl es el pueblo chico de esta historia, y Taylor Swift y Travis Kelce, la pareja grande. Ella es, a esta altura, una de las personas más reconocidas del planeta; él es una de las caras más visibles de la NFL. Su casa en Ohio se suma a un catálogo inmobiliario que ya incluye propiedades en Kansas, Nueva York, Tennessee, Rhode Island y California, y se mueve a la sombra de una estrategia muy pensada: distintas costas, distintos estados, distintos refugios según la temporada y el calendario de giras y de pretemporadas.
Ahora bien, lo que más me interesa —y creo que a los vecinos también— es cómo se traduce esa vida de estrella cuando toca convivir en un pueblo donde las cañerías son viejas, las veredas son compartidas y los ciervos andan a su antojo. Yo, que vengo del Litoral y aprendí desde chico que la casa del vecino es una extensión de la tuya y que el agua que pasa por tu patio es la misma que pasa por el mío, no puedo evitar leer este cruce con ojos de barrio. En el chamamé hay un verso viejo que dice más o menos así: "vecino, no me cerque la rama, que la sombra también es suya". Es una manera poética de decir lo que estas actas dicen en lenguaje de abogados: las reformas no empiezan ni terminan en el alambrado de uno.
Concilio, como me sale conciliar: me parece atendible que una figura pública quiera privacidad y seguridad en su casa, sobre todo una que atrae cámaras hasta cuando va al supermercado. Y me parece igual de atendible, y hasta más, que una vecina de treinta años en el lugar pida que no le planten un árbol cuyas consecuencias las va a pagar ella con 75.000 dólares de plomero y un caño roto. Las dos partes tienen razón en sus razones. La diferencia la va a hacer, como siempre en estos casos, la voluntad de conversar, la calidad del proyecto técnico y el peso que la Junta le ponga al bien común por encima del sello del permiso.
Para quien quiera seguir el pulso de este cruce —porque este cruce va a seguir, no me cabe duda—, la recomendación es muy del palo: seguíamelo en las próximas reuniones de la Junta de Revisión Arquitectónica de Bratenahl, donde se viene un nuevo plan de reformas para la propiedad de la pareja. Y si lo que te mueve es la pata musical del asunto, quedáte atento a los próximos shows de Taylor Swift y a la próxima temporada de Kelce con los Chiefs: las dos movidas prometen tanto ruido dentro de un estadio como el que están haciendo, vaya ironía, en un pueblo chico de Ohio al borde del lago Erie.
