Menos comida, más pantalla: así se reconfigura la salida gastronómica en Buenos Aires
Cuatro cocineros porteños describen un cambio de hábitos que atraviesa generaciones: porciones más chicas, menor consumo de alcohol, platos compartidos y un celular que interviene antes, durante y después del plato. La sobremesa, todavía, aguanta.
Como en cualquier ecosistema que se ajusta, las cocinas de Buenos Aires registran servicio a servicio una transformación concreta en la manera en que los argentinos salen a comer afuera. Cocineros de distintas generaciones coinciden en el diagnóstico: se come menos, se gasta con más cuidado y el teléfono llegó a la mesa como un comensal fijo, con sitio propio y opinión propia sobre cada plato.
Porciones que bajan y consumos que se reordenan
Dante Liporace, chef ejecutivo de Trade Sky Bar, Trade Sky Club y de su restaurante en Palermo, sostiene que la reducción en las cantidades no es exclusiva de los comensales jóvenes con menor capacidad de gasto. Atraviesa generaciones: también quienes superan los cuarenta años ajustan lo que comen por razones de salud, y la conciencia sobre cuánto y qué se ingiere se volvió una preocupación transversal.
El alcohol acompañó ese movimiento. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura, el consumo de vino por habitante cayó un 32% en la última década: pasó de cerca de 24 litros anuales en 2015 a 16,1 litros en 2025. Germán Sitz, al frente de varios restaurantes porteños, señaló que la venta de vino por copa ganó espacio porque permite tomar menos y, al mismo tiempo, probar diferentes etiquetas en una misma salida, algo que la botella cerrada no habilita.
Compartir para dividir el ticket
- Cuando el motivo principal es el gasto, los comensales comparten entrada, principal y postre, según describió Liporace.
- En Narda Comedor y Kõnã Corner, Narda Lepes observa que lo más habitual es compartir entrada y postre, y que el plato principal es lo que más se omite.
- Los menús con valor fijo, tipo menú ejecutivo, ganan terreno porque reducen la incertidumbre y facilitan la decisión de sentarse a la mesa, apuntó Sitz.
“Un ticket alto puede percibirse como barato si la experiencia lo justifica, y uno bajo puede sentirse caro si no hay valor real.”Germán Sitz
El celular como dueño de la velada
El teléfono interviene antes de llegar al restaurante. Muchos comensales ya saben qué van a pedir sin abrir el menú porque lo vieron previamente en redes sociales. Leo Lanussol, de Ness, advirtió que la estética del plato adquirió un rol central y que varias preparaciones se diseñan pensando en cómo se van a ver en la foto. Lepes, en tanto, señaló que hay quienes hacen fila por un plato instagrameable, aunque también conviven comensales que ignoran la pantalla y siguen eligiendo por gusto. Por ahora, la sobremesa resiste.
