Tras los pasos del felino más grande del sur: una Expedición a la Estepa Santa Cruz
Desde la localidad de Perito Moreno, sobre la ruta 40, parten recorridos de varios días que consisten en rastrear huellas en la nieve para encontrar pumas en la vastedad patagónica. La especialista Patricia Zalazar describe el protocolo de las partidas y describe el rol ecológico del animal.
Una quebrada del Iberá, por ejemplo en Corrientes, comparte con la estepa de Santa Cruz la sensación de internarse en un paisaje donde la fauna manda. En el extremo sur del país, esa sensación se vuelve blanca y seca cuando la nieve cubre la estepa y la fauna salvaje deja su rastro a cada paso de los caballos. Desde la ciudad de Perito Moreno, enclavada en el cruce de la ruta nacional 40 y la ruta provincial 43, en el departamento Lago Buenos Aires, parten las llamadas Expedición Puma, excursiones de rastreo del felino más grande de la región que se internan en campos privados y en sectores adyacentes al Parque Patagonia Argentina.
La propuesta consiste en una salida de tres días orientada al avistaje de pumas en su ambiente natural, con partidas que arrancan de madrugada, antes del amanecer, y se extienden a lo largo de sectores de estepa, cañadones y quebradas donde la mano del hombre no aparece por ningún lado. Las empresas locales, conocedoras del comportamiento del animal, recorren cada mañana decenas de kilómetros a bordo de vehículos aptos para el barro y la nieve, hasta detenerse en zonas altas desde donde se trabaja con binoculares.
El invierno como aliado del rastreo
La temporada más recomendada para participar coincide con el corazón del invierno austral, entre junio y agosto, cuando las condiciones se vuelven extremas y la nieve se acumula hasta las rodillas. Los termómetros descienden varios grados bajo cero y el asfalto suele cubrirse de hielo, lo que obliga a circular con extrema precaución por la ruta 40. Sin embargo, esa misma crudeza meteorológica transforma el suelo en una superficie ideal para leer el paso de los animales: las pisadas quedan impresas con nitidez y permiten reconstruir la recorrida del felino durante las horas previas.
La huella del puma resulta reconocible aun para ojos sin experiencia: es redondeada, presenta una almohadilla en forma de pentágono y carece de marcas de uñas, dado que el animal las retrae al desplazarse, una característica típica de los félidos que lo distingue de los cánidos. Además, la pata delantera es más grande que la trasera, un detalle que los baqueanos locales aprendieron a identificar en sus años de recorrida por la meseta.
- La agitación de guanacos y choiques, que se desplazan nerviosos cuando perciben la presencia del depredador.
- Las huellas marcadas en la nieve, cuya antigüedad se deduce por el estado del borde y la acumulación de escarcha.
- El vuelo convergente de caranchos o cóndores hacia un punto, señal habitual de una carroña reciente.
- Los restos de presas, generalmente guanacos o liebres parcialmente cubiertos con tierra o vegetación, que delatan un festín reciente.
Un animal silencioso y fundamental
El macho adulto pesa entre 55 y 80 kilogramos, mientras que la hembra oscila entre 30 y 60, lo que convierte al puma en el felino de mayor porte del Cono Sur. A diferencia de los grandes felinos tropicales, carece de la capacidad de rugir y se comunica mediante ronroneos, gruñidos y silbidos agudos que pueden escucharse a considerable distancia. Es capaz de saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, y mantiene hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, lo que vuelve cada encuentro un verdadero privilegio para los viajeros.
En la dieta del puma patagónico entran sobre todo guanacos, choiques y liebres, aunque también puede atrapar ovejas en campos mal cerrados, un punto de conflicto histórico con los productores rurales que las operadoras turísticas suelen abordar en sus charlas previas a la salida. Como depredador tope, cumple una función ecológica clave: regula las poblaciones de herbívoros y mantiene el equilibrio de la cadena trófica, de modo que su conservación resulta estratégica para la salud del ecosistema, un argumento que se inscribe en la discusión actual sobre el turismo masivo y su huella en lugares cada vez más frágiles. En esos términos, estas partidas de bajo impacto, con pocos pasajeros por salida y guías habilitados, se presentan como una alternativa al turismo de multitudes que invade otros puntos del país.
El recorrido por la estepa no se agota en la búsqueda del puma. Quienes participan pueden cruzarse con guanacos, zorros colorado y gris, piche patagónico y zorrino, mientras que en el cielo es posible observar cóndores andinos, choiques y flamencos, especies que se suman a un inventario regional que, según los relevamientos locales, supera las 120 especies de aves.
Alrededores y combinaciones
La ciudad de Perito Moreno, además de ser el kilómetro cero de la ruta 40 en este tramo, funciona como plataforma para visitar otros atractivos cercanos. A pocos kilómetros se levanta el pueblo de Los Antiguos, reconocido productor de cerezas y frutillas gracias a un microclima de valle que contrasta con el rigor del entorno, mientras que hacia el sur el Parque Provincial Cueva de las Manos, declarado sitio de Patrimonio Mundial por la UNESCO por sus pinturas rupestres de más de nueve mil años, suma un capítulo cultural ineludible para quienes alargan la estadía en la región.
Conviene tener presente que el avistaje de pumas nunca está garantizado: las condiciones de nieve, la temperatura y la disponibilidad de presas influyen en el desplazamiento de los animales, de modo que cada salida implica horas de búsqueda paciente antes de un eventual encuentro. Aun así, la experiencia resulta valiosa por sí misma, porque enseña a leer el paisaje con otra mirada y a valorar el silencio de un territorio que, en pleno invierno, se entrega sin reservas a quienes están dispuestos a tolerar el frío.
En síntesis, la temporada recomendada para sumarse a estas Expedición Puma se extiende entre junio y principios de septiembre, cuando la nieve ofrece la materia prima para el rastreo y las operadoras garantizan las condiciones mínimas de seguridad, aunque cada jornada termina de escribirse recién cuando el sol cae sobre la meseta y los guanacos vuelven a pastar apaciblemente, como si el gran felino nunca hubiera pasado por allí.
