Cuando la felicidad queda siempre en otro lado: la advertencia de Gabriel Rolón sobre recordar y postergar
El psicólogo y escritor planteó que aferrarse a una versión idealizada del pasado o dejar la vida para después puede correr del centro a la posibilidad de estar bien hoy. Su distinción entre valorar lo vivido y quedar detenido en ello.
El sol cae despacio sobre la costanera y, mientras camino con Alfredo, un vecino del barrio de La Boca que arrastra su sillón de mimbre hasta el río cada vez que puede, me quedo pensando en algo que dijo Gabriel Rolón esta semana. Alfredo tiene esa costumbre de hablarme de sus nietos como si fueran lo mejor que le pasó, y yo lo miro y le digo: bueno, pero también lo mejor te está pasando ahora, mientras me cebás un mate. El psicólogo y escritor puso en palabras algo que aparece en casi cualquier conversación que uno tenga con un amigo de cuarenta o cincuenta años: la felicidad parece estar siempre del otro lado. O en el futuro que todavía no llega, o en el pasado que ya no se puede repetir.
En una entrevista reciente, Rolón repasó ese movimiento mental que muchos reconocen sin ponerle nombre. Los proyectos, sostuvo, siguen siendo importantes. Nadie le pidió a nadie que dejara de soñar. Lo que el psicoanalista señaló como problemático es otra cosa: la postergación permanente de sentirse bien. Vivir como si el bienestar fuera un asunto que se resolverá más adelante, en otra etapa, en otro año, cuando se jubilen, cuando se mude, cuando los chicos crezcan.
Recordar no es vivir
Sobre los recuerdos, la mirada del autor de "El lado oscuro del amor" fue precisa. Reconocer que hubo momentos felices no solo es válido: es necesario, dijo, porque ayuda a comprender la propia historia, el esfuerzo que se hizo y los vínculos que se construyeron. Pero la memoria, aclaró, no conserva una copia fiel de lo ocurrido. Trabajamos sobre ella, la editamos, la embellecemos. "Hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos", describió con una imagen que cualquiera puede reconocer. Los padres que ya no están suelen aparecer más nobles, más sensibles, en esa película revisada. La infancia, muchas veces, se reconstruye como una etapa más linda de lo que efectivamente fue mientras se transitaba.
“Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices.”Gabriel Rolón
- Valorar lo vivido sin quedar detenido en esa versión.
- Distinguir los sueños que movilizan de la postergación constante.
- Cuidar la vida actual como escenario principal del bienestar.
- Reconocer que la memoria edita, y que eso no es delito, pero sí puede empañar el presente.
- Aceptar que no todo lo bueno ya pasó ni está por venir: también puede estar pasando.
El punto que Rolón propuso mirar es, justamente, cuánto lugar ocupa esa reconstrucción idealizada. Cuando alguien se aferra demasiado a la imagen de un pasado perfecto, puede dejar de trabajar en la posibilidad de construir algo bueno hoy. Ahí está la trampa: no en recordar, sino en quedarse. Los recuerdos y las experiencias pasadas participan en la construcción de la identidad, pero, según el especialista, no determinan por completo las chances de estar bien. "No nos bajemos de la vida antes de tiempo", pidió.
Algo de todo esto me resuena más de lo que quisiera. En el consultorio, en el café, en la fila del supermercado de Lacroze y Pedro de Mendoza, uno escucha la misma cantinela: cuando me jubile, cuando los chicos se vayan, cuando pueda viajar. La felicidad siempre para después. Y mientras tanto, los años pasan. No se trata de bajar los brazos ni de pretender que todo es una fiesta: se trata de hacerse cargo de que el presente también es una categoría habitable, y no solo un puente entre lo que fue y lo que vendrá.
Le dejo entonces al municipio una pregunta concreta, que es la misma que Rolón dejó flotando en el aire: qué lugar encuentran en la Ciudad los espacios que ayudan a construir bienestar en el aquí y en el ahora. No hablo de grandes obras ni de slogans. Hablo de plazas con bancos que inviten a quedarse, de centros culturales abiertos a la noche, de bibliotecas que sean punto de encuentro y no solo depósito de libros. Hablo, en definitiva, de una ciudad que no obligue a postergar la vida buena hasta el próximo mes, la próxima temporada, el próximo gobierno. Como dijo el psicólogo: intentemos algo aquí, ahora.
