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Cuando la palabra se escapa: por qué pasa y cuándo hay que prestarle atención

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica qué hacer cuando un término se niega a salir, qué lo dispara y en qué momento conviene pedir una evaluación. Una guía para entender una experiencia más común de lo que parece.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 26 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Estoy en la rambla de Puerto Madero, tomando un cortado en un bar de la zona, y escucho a un chico joven que le dice a su amiga: "Es una cosa... ya sabés cuál es... cómo se dice... bah, no me sale". La amiga lo mira, le tira una palabra, pero no es esa. Los dos se ríen, cambian de tema y la conversación sigue. A todos nos pasó alguna vez. Saber exactamente lo que queremos decir y, sin embargo, sentir que la palabra se nos escapa como si alguien la hubiera escondido en el último estante de la memoria. La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, se dedica a desentrañar ese tipo de fenómenos y asegura que, en la mayoría de los casos, no hay por qué alarmarse. Lo importante, dice, es distinguir entre un traspié ocasional y una dificultad que empieza a hacerse frecuente.

Por qué a veces la palabra se queda en la punta de la lengua

Sánchez Salinas lo explica con una imagen muy clara: acceder a una palabra es un proceso en dos pasos. Primero se activa el significado, es decir, la idea de lo que queremos nombrar. Recién después, el cerebro recupera los sonidos que permiten pronunciar ese término. En el fenómeno conocido como punta de la lengua, el primer paso funciona perfectamente: tenemos el concepto, lo tenemos clarísimo. Pero el segundo se demora o se interrumpe, y ahí aparece esa sensación tan particular de tener la palabra ahí, a punto de salir, sin llegar nunca. Según la especialista, puede ocurrir a cualquier edad, sobre todo cuando estamos cansados, distraídos o bajo presión. Con los años, además, tiende a volverse más habitual, aunque eso no significa que la palabra se haya perdido para siempre: a veces aparece minutos después, en cualquier otra parte, cuando dejamos de presionarnos para encontrarla.

Algunos trucos que ayudan a recuperar el término buscado

  • Buscar un sinónimo o una palabra parecida que sirva para seguir conversando sin frenar la charla.
  • Describir aquello que queremos nombrar, usando sus características, su utilidad o el contexto en el que aparece.
  • Pensar en la letra con la que empieza el término, una pista que a veces destraba el recuerdo.
  • Conversar sobre temas que nos interesan y contar información con nuestras propias palabras, un ejercicio que estimula la fluidez verbal.
  • Bajar el nivel de distracciones del entorno para concentrarse mejor y sostener el hilo de la conversación.

Para Sánchez Salinas, todos estos recursos apuntan a lo mismo: acercarse a la palabra por distintas vías cuando una sola no funciona. Y destaca algo que vale la pena repetir: la comprensión cotidiana del lenguaje suele mantenerse intacta con el paso de los años. Lo que puede enlentecerse es la velocidad para recuperar ciertos términos, no la capacidad de entender lo que nos dicen o lo que leemos. Esa diferencia es clave para no asustarse innecesariamente.

Cuándo conviene consultar a un profesional

La frontera entre un episodio aislado y un problema que requiere atención está, según la especialista, en la repetición y en el impacto. Sánchez Salinas recomienda pedir una evaluación cuando encontrar las palabras se vuelve un obstáculo frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de uso cotidiano o cuando cuesta seguir el hilo de una conversación. También son señales de alarma los cambios notorios en el habla que la propia persona percibe o que detectan quienes la rodean. En esos casos, una evaluación clínica y neuropsicológica puede ayudar a comprender qué está pasando y, sobre todo, a orientar un diagnóstico y un tratamiento adecuados. El criterio central es observar si la dificultad representa un cambio respecto de cómo la persona se comunicaba antes y si ya interfiere en su vida diaria. No se trata de alarmarse por un olvido puntual, sino de prestar atención cuando el patrón se instala.

Lejos de los consultorios, en la rambla o en cualquier plaza de Boedo, en cualquier sobremesa familiar de Floresta, lo que queda es una certeza tranquilizadora: que la palabra se escape de vez en cuando es parte de cómo funciona nuestra cabeza. Lo que sí le pido al Ministerio de Salud porteño es que refuerce los canales de acceso a evaluaciones neuropsicológicas en los centros de salud de la Ciudad, porque cuando una dificultad deja de ser ocasional, detectarla a tiempo marca una diferencia enorme.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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