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El 11-S que viven sus hijos: el trauma heredado que la Ciudad todavía no nombra

Una investigación de Columbia siguió durante 25 años a 270 hijos adultos de rescatistas y encontró que más del 20% tiene depresión y una cuarta parte, ansiedad. El estudio reabre el debate sobre cómo acompañar a las familias cuando el duelo no termina.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 7 de septiembre de 2026 · hace 1 d

Me crucé con Eduardo en la costanera, en uno de esos bancos que miran al río. Tiene 47 años, es bombero voluntario en La Boca y me dijo algo que se me quedó grabado: «Mi viejo volvió del Bajo en septiembre del 2001 y nunca más fue el mismo». Veinticinco años después de los atentados contra las Torres Gemelas, una investigación publicada en PLOS Mental Health confirma que Eduardo no está solo: los hijos de los rescatistas arrastran hoy, de adultos, las marcas invisibles de un trauma que no vivieron en carne propia.

Qué encontró el estudio

El equipo de Yael Cycowicz, del Columbia University Irving Medical Center, siguió a 270 hijos adultos de 176 familias de trabajadores que respondieron a los ataques. Todos los participantes eran menores de 18 años el 11 de septiembre de 2001. Los resultados, cruzados con registros del World Trade Center Health Program, son elocuentes: más del 20% de esos hijos presenta actualmente depresión y más de una cuarta parte, algún trastorno de ansiedad. Lo inquietante es que ninguno de ellos vio caer las Torres.

“No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación.”Yael Cycowicz, profesora de Columbia

Cómo se transmite el trauma

El trabajo describe un mecanismo de transmisión indirecta: el estrés postraumático del padre o la madre se filtra en la vida cotidiana del hogar a través del humor, los silencios, la irritabilidad y la hipervigilancia. Los investigadores detectaron que el riesgo fue mayor cuando el progenitor había llegado temprano al sitio, permaneció más tiempo durante los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos. La depresión actual de los padres se asoció con mayor depresión en los hijos; el TEPT actual de los padres, con más TEPT, pánico y depresión en la descendencia.

El estudio también midió la calidad de la relación entre padres e hijos. Los vínculos más negativos se asociaron con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos, mientras que una menor calidez en el trato se relacionó con más ansiedad. En cambio, el apoyo social operó como un amortiguador: mejores redes de contención redujeron los síntomas. La conclusión es directa: el trauma no se queda en quien lo padeció, y los tratamientos de salud mental tienen que incluir a toda la familia.

  • El 11-S sigue activo: más del 20% de los hijos adultos de rescatistas tiene depresión y una cuarta parte, algún trastorno de ansiedad.
  • El trauma se hereda sin haber presenciado los hechos: el estado mental del padre o la madre moldea la salud mental de los hijos.
  • El vínculo familiar importa: relaciones más negativas se asocian a más depresión y consumo problemático de alcohol.
  • El apoyo social protege: mejores redes de contención reducen los síntomas en la descendencia.

Mientras leía el informe, pensaba en cuántos hogares porteños cargan con un duelo parecido. No me refiero solo al 11-S: cada vez que un bombero vuelve de un incendio en Barracas o un efectivo de la Federal sale de un operativo en Once, su familia recibe en silencio el peso de lo que vio. Por eso le pido al Ministerio de Salud de la Ciudad que incorpore, en los programas de atención a personal de emergencia, un componente específico de acompañamiento psicológico para hijos y parejas. Si Nueva York tardó 25 años en medirlo, nosotros todavía estamos a tiempo de hacerlo bien.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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