Martes, 22 de septiembre de 2026
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El celular en la mesa familiar: cuando la atención se fragmenta y los chicos pagan el costo

Un neurocientífico y un lingüista del CONICET explican por qué revisamos el teléfono aunque no haya sonado, qué hay detrás del miedo a quedar afuera y cómo estos hábitos reconfiguran la convivencia en la casa.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 22 de septiembre de 2026 · hace 2 h

La Costanera, un domingo a la tarde, está llena de familias que caminan mirando el río. Pero si uno se detiene a observar, que medio mundo camina mirando otra cosa: la pantalla del celular. Eso me pasó el otro día con Daniel, un vecino de Caballito que vino a pasar el día con sus hijos. Me contó, mientras esperábamos que los chicos se subieran a los barquitos, que ya no sabe cómo hacer para que su hija de trece años suelte el teléfono ni siquiera durante el asado del domingo. Le dije que no estaba solo, y que la ciencia tiene bastante para decir al respecto.

Dos investigadores del CONICET, el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, acaban de publicar (Des)Conectados, un libro donde desmenuzan los mecanismos que nos mantienen pendientes del teléfono incluso cuando lo dejamos boca abajo sobre la mesa. Lo que explican es simple de entender y, a la vez, bastante incómodo de aceptar: una parte importante de nuestra atención cotidiana ya no está en lo que tenemos enfrente, sino en lo que podría estar pasando del otro lado de la pantalla.

Por qué sentimos que el celular vibró aunque no haya vibrado

A todos nos pasó: el bolsillo vibra, lo sacamos, y no hay nada. Ni una llamada perdida, ni un mensaje de WhatsApp, ni un like. Para Ballarini y Bonnin, esa experiencia tiene nombre: son las notificaciones fantasma. El cerebro, acostumbrado a que el aparato nos avise cada rato, empieza a interpretar cualquier roce de la ropa o cualquier ruido cercano como una señal de que algo está pasando. La expectativa de recibir avisos se vuelve tan fuerte que fabrica alertas donde no las hay.

  • Las notificaciones fantasma: el cerebro interpreta roces y ruidos como avisos que nunca llegaron.
  • El FOMO (miedo a quedar afuera): la angustia por perderse conversaciones o actividades que pasan en el mundo digital.
  • El costo cognitivo: estar pendiente del teléfono reduce los recursos que tenemos para concentrarnos en lo que ocurre alrededor, y se asocia con peor rendimiento de la memoria y la atención.
  • Para los adolescentes, perderse el chat del grupo puede sentirse como una exclusión real de su grupo de pares, y eso eleva la ansiedad.
  • Dejar el celular no se vive solo como guardar una herramienta, sino como abandonar, por un rato, un espacio de encuentro donde están conversaciones y vínculos importantes.

Los autores insisten en algo que parece obvio pero que casi nadie se formula: no alcanza con contar cuántas veces se desbloquea la pantalla. También hay que advertir si uno está preocupado por perderse algo, si espera de manera constante que llegue un mensaje, si la cabeza se va hacia el teléfono cada vez que se termina una tarea. Reconocer esa dependencia, dicen, es el punto de partida para empezar a cambiarla.

Su planteo apunta a recuperar el valor del conocimiento y la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. En la vida familiar, esto se traduce en gestos concretos: dejar el celular afuera de la mesa a la hora de la cena, pactar horarios sin pantallas en el living, proponer salidas a la plaza de barrio o a la plaza del barrio con el teléfono en la mochila. No es fácil, pero los investigadores que el esfuerzo vale la pena: cuanto más espacio le dejamos al teléfono, menos cabeza nos queda para lo que tenemos delante.

Por eso, antes de seguir mirando el río con el celular en la mano, vale la pena hacerse una pregunta simple y honesta: en este momento, ¿le estoy prestando atención a mi familia o le estoy prestando atención al teléfono? Si la respuesta incomoda, ya sabemos por dónde empezar.

Al municipio de la Ciudad de Buenos Aires le pido que impulse campañas de educación digital en las escuelas primarias y secundarias, con charlas para padres y alumnos sobre el uso responsable del celular, y que reglamente de una vez el uso de los teléfonos en las aulas, que ya hay proyectos dando vueltas y ninguno termina de treatedse. La atención de los chicos es un recurso finito, y alguien tiene que defenderla.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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