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Lunes, 12 de octubre de 2026
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La mesa familiar como escuela: por qué comer juntos cambia lo que los chicos llevan al plato

Un consenso de especialistas argentinos vuelve a poner el foco en un punto a veces olvidado: la comida importa tanto como el menú. Quiénes se sientan, dónde y cómo comer termina definiendo los hábitos que los niños y adolescentes se llevan de ahí en adelante.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · · hace 1 h
La mesa familiar como escuela: por qué comer juntos cambia lo que los chicos llevan al plato

Arrancamos la recorrida en la costanera, donde Tito, vecino de Palermo, me cuenta que su nieta de cinco años ya pide ensalada de fruta después del asado del domingo. El caso parece una anécdota, pero detrás de esa costumbre hay algo que los especialistas en nutrición pediátrica empiezan a mirar con más atención: la comida que los chicos eligen tiene tanto que ver con los alimentos en sí como con el entorno en que se comen. Compartir el plato con otros, en una mesa y a una hora previsible, aparece como un factor clave para que los chicos aprendan a comer variado desde chiquitos.

El concepto que ordena todo: la comensalidad

El consenso NutreAR, desarrollado por PROFENI, agrupación que reúne a Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, y presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, gira en torno a una palabra que no es de uso corriente pero que ayuda a pensar el problema: comensalidad. En criollo, significa todo lo que rodea al acto de comer: el lugar, el horario, con quién se comparte la mesa y cómo se organiza ese momento. La propuesta pone esa idea por encima de cualquier listado de alimentos permitidos o prohibidos y distingue tres grandes etapas: de los dos a los cinco años, de los seis a los doce y de los trece a los diecisiete, cada una con sus particularidades.

  • Aprendizaje por imitación: los chicos que ven a padres, hermanos o amigos comer variado aceptan más fácilmente nuevos alimentos; la repetición de un menú chico, en cambio, tiende a consolidar la selectividad.
  • Comidas compartidas en casa: los especialistas recomiendan sostener al menos una comida compartida por día, y la cena aparece como la más viable porque los horarios laborales, escolares y deportivos suelen coincidir allí.
  • Punto de encuentro en la mesa: el grupo no tiene que ser estrictamente familiar; cenar con amigos cumple la misma función y ayuda a sostener el vínculo social alrededor de la comida.
  • Pantallas en segundo plano: comer solos en el cuarto frente a una pantalla, práctica que se vuelve más frecuente a partir de los catorce o quince años, reduce las oportunidades de construir esos hábitos compartidos.
  • Escuela como aliada: los comedores escolares con menús planificados con criterio nutricional y las viandas preparadas en casa funcionan como una extensión de la mesa familiar y suman variedad a la alimentación diaria.

Cuando un chico se acostumbra a comer siempre lo mismo, revertir esa selectividad se vuelve cuesta arriba si no tiene cerca a alguien que pruebe otra cosa delante suyo. La inversa también vale: la exposición repetida a alimentos variados en un entorno tranquilo, sin presiones, ensancha el repertorio que el chico acepta. Por eso los especialistas insisten en que siempre haya en la mesa algo nuevo, aunque sea una pequeña porción, en lugar de consolidar un menú fijo y seguro. La mesa familiar, o cualquier mesa compartida, se convierte así en una especie de aula silenciosa donde se aprende a comer casi sin darse cuenta.

El llamado de atención alcanza también a los adolescentes, la franja donde las rutinas se desarman más rápido. A partir de los catorce o quince años se multiplican las cenas rápidas en el cuarto, con el celular al lado o directamente desde la cama. En esos casos, la recomendación no es perseguir al adolescente hasta la cocina, sino buscar al menos una comida por día donde la presencia conjunta sea posible. Si la familia no puede sentarse junta por razones de horario, la sugerencia es explorar otras mesas: la de un amigo, la de un club, la de un comedor escolar bien armado, que cumplen un rol parecido al de la mesa familiar en la construcción de hábitos.

Mientras tanto, en los barrios la escena se repite: familias que pelean para que los chicos prueben determinada verdura, abuelos que insisten con el postre compartido del domingo, madres y padres que reorganizan agendas para coincidir en la cena. El consenso de los especialistas viene a ponerles nombre y respaldo científico a esas prácticas cotidianas. Comer juntos, en una mesa, a una hora razonablemente fija y con algo de conversación, sigue siendo una de las formas más concretas que tenemos como sociedad para enseñarles a los chicos a alimentarse bien. Al municipio le queda la tarea de empujar esa idea en las escuelas y en los espacios públicos: que cada comedor escolar funcione como una mesa compartida más, y que esa costumbre llegue, sobre todo, a los pibes que más la necesitan.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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