La movida secreta de Nintendo: comprar dos películas para que nadie pudiera verlas
A principios de los noventa, en paralelo al estrepitoso fracaso del filme oficial de Super Mario, la empresa japonesa salió a adquirir dos parodias para adultos del fontanero. La estrategia del silencio funcionó: recién en 2009 se filtró un fragmento de la segunda entrega y la primera sigue desaparecida. Una historia insólita de la guerra por los derechos en la industria del entretenimiento.
Arrancamos la nota como si fuera el primer acorde de un chamamé, ese instante en que el acordeón todavía está tibio y recién empieza a marcar el ritmo de lo que viene. Porque esta historia empieza con un movimiento raro, casi clandestino, de una empresa gigante que prefirió comprar cine para adultos con el único fin de mandarlo al archivo. Y a mí, la verdad, me sigue resultando una perlita de esas que uno guarda en el recuerdo y de tanto en tanto saca a conversar.
Vamos a situarnos. Estamos a comienzos de los años noventa, en pleno boom de Super Mario Bros., cuando el personaje era un fenómeno planetario que ya estaba dejando de ser solamente un juego para meterse en todas las mesas. En ese contexto, un director y actor llamado Buck Adams vio la posibilidad de hacer lo que en la industria del entretenimiento de Estados Unidos se conoce como una parody, una película subida de tono que se burla de un producto conocido. La idea era simple: agarrar al fontanero bigotudo, meterlo en situaciones explícitas y sacarle jugo comercial mientras el personaje estaba en la cresta de la ola.
Dos películas, dos días y veinte mil dólares
El rodaje fue exprés. Según reconstrucciones periodísticas, las cámaras funcionaron durante apenas dos jornadas y el presupuesto rondó los veinte mil dólares. Pero el material grabado fue tan abundante que la producción se terminó partiendo en dos películas distintas: Super Hornio Brothers y su continuación. Eran dos cintas de bajo costo, rodadas con lo justo y necesario, que se lanzaron al mercado con la velocidad de quien sabe que la ventana de oportunidad se puede cerrar en cualquier momento.
Y acá viene lo central de la historia, porque esa ventana se terminó cerrando más rápido de lo previsto. Casi en paralelo, la película oficial Super Mario Bros., dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel, desembarcó en los cines y fue un papelón. La crítica la destrozó, el público la rechazó y la imagen del personaje en el cine quedó golpeada. Nintendo, que ya venía mirando de reojo el asunto, decidió entonces actuar también sobre las parodias.
La compra se hizo en silencio. Sin anuncios, sin comunicado de prensa, sin declaraciones rimbombantes. La operación, según reconstrucciones posteriores, apuntó exclusivamente a comprar los derechos de las dos películas para que dejaran de circular. El razonamiento era de manual: cualquier publicidad adicional, sea una nota en un diario, iba a terminar generando más curiosidad y más difusión. Entonces mejor comprar y archivar, lejos de los focos. La estrategia, mirado con el diario de hoy, fue brillante. Durante más de diez años circularon dudas reales sobre si las cintas habían existido siquiera, y los buscadores más curiosos chocaban contra un callejón sin salida.
- En 1993, tras el fracaso del filme oficial, Nintendo adquirió los derechos de ambas parodias para adultos con el objetivo expreso de retirarlas de circulación.
- La operación se ejecutó en el mayor de los silencios, sin comunicación pública de ningún tipo, con el fin deliberado de no generar difusión adicional.
- Recién en 2009 emergió en la red una copia de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns, que incluía un resumen de la primera entrega.
- El actor Ron Jeremy, protagonista de ambas cintas, confirmó públicamente que los derechos pertenecen a Nintendo y que un relanzamiento es legalmente inviable.
- La primera película, Super Hornio Brothers, continúa desaparecida y no se conoce ninguna copia íntegra en circulación.
En lo personal, lo que más me gusta de este episodio es esa lógica tan extraña, tan contraria a lo que uno pensaría en un mercado donde todo se compra para venderse. Acá se compró para que nadie pudiera mirar. Nintendo, la gran defensora de la propiedad intelectual de sus personajes, esta vez no usó abogados para perseguir copias, no mandó cartas documento ni inició juicios mediáticos. Simplemente compró el producto adversario, lo puso en un cajón y le echó llave. Una estrategia que tiene algo de poético y algo de mafioso al mismo tiempo, je.
“El objetivo era archivar las películas sin generar publicidad adicional alrededor de ellas.”Reconstrucción periodística del caso
A mí, lector, lo que me queda dando vueltas es la imagen de ese primer cassette guardado en algún depósito, junto a manuales de consolas viejas y carpetas con derechos de autor firmados en los años ochenta. Uno se imagina al personaje de Mario, con su gorra roja y sus bigotes, durmiendo el sueño de los justos en una caja fuerte, sin hacer ruido, sin salir en ninguna parte. Es una postal muy de los noventa, muy de esa época en la que las empresas todavía creían que callando se podía borrar un problema. Hoy, claro está, sería distinto: con internet, las cosas se filtran igual, las copias aparecen en los rincones más inesperados y la memoria digital es casi imposible de borrar. Pero en aquel momento, casi sin querer, Nintendo le ganó el partido al tiempo y al deseo de curiosidad de los fans.
Si a vos te interesa escuchar esta historia de primera mano, te recomiendo buscar algún podcast especializado en historia de los videojuegos que haya cubierto el caso, o zambullirte en los archivos digitales que conservan los artículos de la época. Y si la movida te despierta alguna idea, alguna reflexión sobre los límites de la propiedad intelectual, sobre lo que una empresa grande está dispuesta a hacer para cuidar a sus personajes, te dejo el convite abierto a volver por acá. La próxima nota, como siempre, seguirá siendo una excusa para charlar de chamamé, de cultura y de esas cosas raras que a veces se cruzan en el camino. Hasta entonces.
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