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Los cuartos de los adolescentes ya no tienen dueño: los redecoró la cámara

La presencia constante de una audiencia digital transformó el refugio adolescente en un set neutro y aspiracional. Especialistas consultados advierten que la intimidad pierde terreno frente a la aprobación de desconocidos.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 10 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Me acuerdo de mi propia adolescencia en el barrio de Villa Devoto, en una casa con pasillo largo que terminaba en la última puerta a la izquierda. La abrías y te encontrabas con un territorio que era claramente de alguien: pósteres de bandas pegados con cinta scotch, una silla que ya no era silla sino perchero, libros en el piso y un cuaderno con candado que nadie debía tocar. Mi vieja entraba, miraba el desorden, suspiraba y cerraba la puerta sin decir nada. Era un pacto tácito: aquel cuarto era mío, y el caos formaba parte del paquete.

Esa habitación dejó de existir. O por lo menos dejó de ser lo que era. Cuando hoy uno se cruza con los cuartos que los adolescentes muestran en redes sociales, lo que ve es otra cosa: paredes en tonos neutros, la cama prolijamente tendida como si nadie durmiera ahí, tiras de luces led que hacen las veces de reflectores y muy poco que diga "esto lo usa alguien de carne y hueso". La personalidad no se fue, pero se mudó del plano físico al virtual.

Del desorden propio al decorado para otros

El sociólogo Erving Goffman habló hace décadas de una diferencia que sigue resultando útil: el "frente de escena", donde uno sostiene una imagen ante los demás, y la trastienda, el espacio privado donde es posible aflojar, equivocarse y ensayar sin público. La habitación del adolescente venía cumpliendo históricamente ese segundo rol. La puerta cerrada era una especie de acuerdo de no agresión: adentro, el pibe o la piba podían ser quien quisieran, incluso un desastre.

Ese acuerdo se rompió. La escritora Sithara Ranasinghe lo describe como una habitación con paredes de vidrio, donde la frontera entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia que, en muchos casos, ni siquiera se sabe quién es. El resultado es que el cuarto deja de ser un laboratorio de exploración y se convierte en un decorado.

Lo más significativo de todo esto es lo último que dice la lista, así que vale la pena repetirlo de otro modo: la cámara no necesita estar prendida para que el efecto se despliegue. La sola conciencia de que cualquier esquina puede ser registrada y compartida cambia la conducta. Inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia una especie de estandarización estética. No es un mandato explícito, es algo más sutil: es una audiencia internalizada que terminó mudándose adentro de la cabeza del adolescente.

La adolescencia siempre fue un umbral con ruido, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. Cuando el cuarto propio se vuelve un set permanente, lo que queda en juego es ese margen de imperfección. La pregunta que dejan estos espacios despojados es incómoda, y no hace falta ser experto para formularla: si hasta el refugio más íntimo se ordena pensando en desconocidos, dónde se prueba un pibe o una pibe el derecho a equivocarse sin testigos.

“La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente.”Rocío Ayala

Antes de cerrar, una reflexión desde Boedo, donde vivo ahora y donde sigo viendo chicos y chicas que entran y salen de sus casas con el celular en la mano y los auriculares puestos. El fenómeno no distingue barrios ni clases sociales: lo que cambia es la herramienta, no la etapa de la vida. Por eso me parece que el pedido al municipio que cabe acá no pasa por más patrullajes ni más veredas, sino por algo más de fondo: que promuevan, en las escuelas secundarias de la Ciudad, espacios de alfabetización digital donde se hable sin moralina del uso de la imagen propia y ajena. No para asustar a nadie, sino para devolverles a los pibes y a las pibas el derecho a tener un cuarto desordenado, propio y sin público. ¿Notás este cambio en los adolescentes que conocés? Contanos en los comentarios.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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