Cuando el sufrimiento no encuentra interlocutor: la salud mental infantil en su peor momento
Chicos que no duermen, no comen o se lastiman llegan a escuelas, consultorios y guardias mientras los servicios especializados están desbordados y la atención llega en pedazos. Un mapa de lo que se ve en la trinchera y de lo que el municipio debería hacer antes de que sea tarde.
La primera vez que lo escuché fue en la costanera, charlando con Daniela, una vecina del barrio de Villa Devoto que trabaja como preceptora en una escuela primaria. Me contaba, con esa mezcla de cansancio y bronca que conozco bien, que en lo que va del año ya lleva derivados a cuatro chicos al equipo de orientación porque se autolesionaban en el baño o dejaban de hablar de un día para el otro. No es un caso aislado ni un año excepcional: es lo que pasa cuando los pibes quedan en el medio de un sistema que no los puede contener.
Lo que se ve en aulas, consultorios y guardias
En consultorios, guardias hospitalarias y aulas se repite un patrón que los profesionales ya reconocen de memoria: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
La violencia como motor silencioso
La violencia es parte central del cuadro. Las estimaciones de UNICEF señalan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años; entre varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente.
Pantallas, apuestas y un refugio que no cura
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva. Niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, apuestas y material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas no es solo un hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
- Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias.
- Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones.
Lo que falta, y lo que se puede hacer, es bastante concreto. Le pido al municipio de la Ciudad de Buenos Aires que arme de una vez una mesa permanente con los ministerios de Salud, Educación y Justicia para articular los casos; que aumente los cupos de profesionales de salud mental infantil en los Cesac y en los hospitales públicos; que habilite un único número de teléfono que oriente a las familias en lugar de mandarlas a peregrinar de ventanilla en ventanilla; y que financie equipos interdisciplinarios en cada comuna con presencia real en las escuelas. Mientras esa integración no exista, vamos a seguir contando pibes lastimados en los baños de la escuela Devoto y madres que se enteran tarde de lo que ya estaba gritando desde hacía rato.
