El Volcán Malacara: un viaje al centro de la tierra entre paredes amarillas y depósitos negros
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada administra un recorrido que permite caminar por el interior del volcán, atravesar dos de sus tres cráteres y asomarse a la laguna de Llancanelo desde un mirador.
Me siento en la mesa de la cocina con doña Irma Quezada, mientras prepara un mate en el paraje La Batra, en el sur mendocino. Afuera, el viento mueve unos pocos arbustos y a lo lejos se adivina la silueta del Volcán Malacara, ese que parece cansado y al que pocos conocen por dentro. Hoy, después de más de dos décadas, su familia finalmente puede mostrarlo al mundo tal como es: una herida abierta en la tierra que todavía respira.
El recorrido por el interior del Malacara arranca en un campo de los Quezada, que desde hace años dejaron la cría de animales para administrar el acceso al predio. La caminata atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán y culmina en un mirador natural desde donde se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo. Entre pasadizos y grietas, la luz se cuela por arriba y el aire frío circula como si el macizo todavía estuviera respirando.
Un paisaje que parece de otro planeta
Lo que más llama la atención al meterse en el Malacara son los colores. Hay paredes onduladas tapizadas de amarillo intenso, sectores donde la roca se deshace al tacto como tiza y depósitos negros, oscuros como carbón, que se acumularon encima cuando el agua ya no participaba de la erupción. Todo eso compone un paisaje que parece sacado de otro planeta, a pocos kilómetros de Malargüe.
Para entender qué pasó acá hay que remontarse miles de años. Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, llegó al lugar en 2000 de la mano de Alberto 'Beto' Quezada. En 2002 presentó en Malargüe sus investigaciones, que son la base de la lectura actual del volcán. Ella lo explica de manera llana: el Malacara se formó por el contacto del magma con el agua, probablemente de una laguna antigua. Esa interacción fragmentó la lava y alteró los materiales, lo que explica buena parte de las superficies amarillas. Cuando el agua se retiró, la erupción siguió y depositó los materiales oscuros que vemos arriba.
Los tres cráteres que tiene el Malacara en su parte alta quedan casi ocultos para quien lo recorre desde abajo, tapados por la forma del terreno y por la vegetación. Recién cuando uno sube al mirador advierte la escala real del conjunto: el vacío bajo los pies, la línea de la laguna de Llancanelo recortada contra el horizonte y el rumor del viento entrando por las grietas.
Cómo es la visita hoy
- Caminata guiada por el interior del volcán, atravesando dos de las tres cárcavas.
- Observación de paredes amarillas, depósitos negros y pasadizos formados por erosión.
- Subida a un mirador natural con vista hacia la laguna de Llancanelo.
- Acompañamiento de guías locales de Malargüe, capacitados junto a la familia Quezada.
El acceso no siempre fue así. En los primeros años se entraba a caballo por senderos del campo. En 2006 una antigua huella petrolera permitió llegar con una camioneta y, más tarde, con maquinaria para acondicionar el camino. Hoy la propuesta combina trekking liviano, lectura geológica del paisaje y una panorámica final que justifica el esfuerzo.
Antes de despedirme le pregunto a doña Irma qué le pediría al municipio de Malargüe para que esta experiencia siga creciendo. No duda: 'Que nos ayuden a cuidar el lugar, porque la roca se desgrana si la tocan, y queremos que nuestros nietos le puedan mostrar a su familia lo mismo que nosotros le mostramos hoy a los visitantes'. Lo anoto tal cual, porque me parece el mejor cierre. Al municipio le queda la pelota: señalización, preservación y acompañamiento para que el Volcán Malacara siga siendo, durante muchos años más, esa ventana abierta al pasado más violento y colorido del sur mendocino.
