Sarah Paulson se pone en la piel de Aileen Wuornos y arrastra a Lizzie Borden al siglo veinte
La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy suma a una asesina serial ejecutada en 2002 al relato de los crímenes de 1892. La serie ensaya lecturas, visitas y fantasmas compartidos que nunca existieron en la vida real: una licencia narrativa que abre un debate incómodo sobre las ficciones basadas en casos reales.
A vos te lo digo de entrada, que ya estamos arrancando con el primer acorde: la pantalla se prende con Sarah Paulson mirando fijo a cámara, y uno sabe que ahí no va a haber alivio. La actriz estadounidense se calza el traje (mejor dicho, la remera desteñida y la mirada de perro apaleado) de Aileen Wuornos y aparece de la nada dentro de la historia de Lizzie Borden, como si el chamamé del siglo veinte se metiera a tocar en un patio de 1892. La cuarta entrega de la antología Monstruo, que Netflix pone en la calle de la mano del productor Ryan Murphy, se anima a pegar dos casos que la historia nunca juntó: el hachazo de Fall River, Massachusetts, y los tiros en las rutas de Florida.
Wuornos, la de carne y hueso
Conviene poner las cartas sobre la mesa antes que la cosa se confunda, porque acá lo que se cuenta no es lo que pasó, es lo que la serie imagina que pudo haber pasado. Aileen Wuornos fue juzgada y condenada por seis asesinatos cometidos en Florida entre 1989 y 1990. Ella misma confesó un séptimo crimen. Al principio dijo que se había defendido de hombres que intentaban agredirla en la ruta; después ya no sostuvo esa versión. Le cayeron seis penas de muerte y la ejecutaron por inyección letal en 2002, cuando tenía 46 años. Eso son los datos firmes, los que cualquiera puede verificar.
Lo que la serie te muestra es otra cosa. Te muestra a Wuornos leyendo un libro sobre Lizzie Borden al lado de su novia, te la muestra fascinada, te la lleva hasta la casa de los Borden y la deja pasar una noche ahí, con Lizzie convertida en una presencia que la recibe del otro lado. Todo ese vínculo es un recurso narrativo, no un hecho histórico. El cocreador Ian Brennan lo dijo sin vueltas: quisieron darle al personaje de Wuornos un cierre, aunque no fuera un cierre feliz. Y ojo, porque acá aparece una palabra en guaraní que me sale casi sin pensarlo: la ficción te está mostrando un ñe'ẽ (un decir, una palabra dicha) que en la vida real nunca existió.
Cómo se arma el cruce entre las dos historias
Mirá, yo no te voy a mentir: cuando vi las escenas de las dos juntas se me puso la piel de gallina. Hay algo muy humano en esa idea de que una mujer condenadísima a muerte encuentre consuelo en otra mujer condenadísima a la horca ciento un años antes. Es un cruce poético, y las ficciones pueden permitírselo. Ahora, que la pantalla te lo muestre no lo convierte en verdad, y eso es lo que a mí, como periodista, me importa marcar. Porque después viene el amigo, la amiga, el vecino, y te dice «¿sabías que Wuornos estuvo en la casa de los Borden?» Y ahí es donde la ficción le roba un pedacito a la historia.
Me parece sano que esta serie abra ese debate. ¿Qué lugar tienen estas licencias cuando la base es un caso real? Yo soy de los que piensa que la antología de Murphy lo aclara bastante en el arranque, pero también soy de los que piensa que, en tiempos de noticias que vuelan por WhatsApp, una licencia narrativa como esta puedeinstalarse en la cabeza del espectador como si fuera un dato. Y eso es un peso grande, sobre todo cuando estamos hablando de víctimas concretas, hombres concretos a los que Wuornos mató, y de una familia Borden destruida por un hecho que recién ahora, más de un siglo después, vuelve a recorrer el mundo con adornos nuevos.
A quién ir a escuchar para completar la discusión
Si este tema te enganchó como me enganchó a mí, te dejo una recomendación concreta: andá a buscar a la periodista y guionista Graciela Mochkofsky, que en sus columnas sobre narrativas de no ficción suele poner el dedo justo en el límite entre contar bien y contar de más. Y si lo que te tira más es el universo de las antologías de crímenes, sentate con la serie completa, dejá que Sarah Paulson te atraviese la pantalla, y después te lees el fallo de Wuornos en 1993, el de la Corte Suprema de Florida que confirmó las condenas. Ahí vas a ver de un lado el cuerpo del delito, y del otro, la literatura. Las dos cosas son necesarias, pero no las tenés que confundir. Y esa es, me parece, la tarea que nos queda como espectadores.
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