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La regla olvidada de Benjamin Franklin que todavía sirve para ordenar la vida cotidiana

Discreción, perdón y uso del tiempo: las tres batallas internas que, según el estadista, definen el autocontrol de una persona. Una lectura desde Buenos Aires.

Por Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad · 15 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Estoy en la costanera, cerca de la Reserva Ecológica, charlando con Eduardo, un vecino de La Boca que viene todas las mañanas a caminar. Conversamos sobre lo difícil que es callarse algo, soltar un rencor viejo o dejar de perder horas frente al celular. Sin saberlo, está pisando el terreno exacto que Benjamin Franklin definió hace más de dos siglos: el del autocontrol como habilidad central de la vida adulta.

Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo, escribió el científico, diplomático y figura central de la Ilustración estadounidense. La frase es corta, pero cada uno de sus tres componentes abre un campo propio de reflexión, con consecuencias directas sobre la salud mental y los vínculos cotidianos. En una ciudad donde el celular suena en el colectivo y la sobreinformación es la norma, la vigencia de esa observación resulta llamativa.

Guardar un secreto, un compromiso que hoy se vuelve cuesta arriba

Guardar un secreto

Guardar un secreto implica renunciar a la gratificación inmediata que produce compartir información privilegiada. La psicología señala que revelar datos reservados genera una sensación pasajera de protagonismo, ese gustito de sentirse uno el que sabe. Sin embargo, sostener la discreción es también un acto de respeto hacia quien confía algo privado: cada confidencia supone un compromiso ético que va más allá de la comodidad del momento. En la práctica diaria, esto se vuelve más difícil cuando la sobreexposición en redes sociales presenta la reserva como algo fuera de moda.

Perdonar un agravio no es justificarlo

Perdonar un agravio

Perdonar un agravio no equivale a justificar el daño ni a borrarlo de la memoria, y ahí está la clave que muchos confunden. El perdón funciona como una herramienta para liberar el peso emocional que consume energía mental, no como una absolución del otro. El resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo sostiene, es decir, gasta foco, paciencia y horas de sueño. Soltar ese peso permite recuperar el control sobre la atención y el bienestar personal, que de otro modo quedan atados a las acciones de terceros. Quien perdona, en realidad, se hace un favor a sí mismo.

Aprovechar el tiempo, el activo que no se recupera

Aprovechar el tiempo

El tercer punto, aprovechar el tiempo, parte de una premisa simple: a diferencia del dinero o los objetos, las horas no se recuperan. Franklin describía el tiempo como un activo no renovable. Hoy, diversas industrias compiten de forma activa por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible, desde aplicaciones con notificaciones infinitas hasta plataformas que rediseñan su pantalla para que uno se quede un rato más. El resultado es que estar ocupado no garantiza haber avanzado: la actividad constante y el uso inteligente del tiempo son cosas distintas. La diferencia la marca la alineación entre los propósitos de cada uno y las decisiones que se toman hora a hora.

La raíz común: entrenar el autocontrol

La raíz común: el autocontrol

Los tres desafíos comparten una raíz común: el autocontrol. No se trata de negar impulsos naturales, sino de ejercitar la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a ellos. Esa práctica no es un rasgo de personalidad fijo, sino una capacidad que se entrena, como cualquier músculo. Quien logra administrar lo que dice, lo que siente y lo que hace con su día tiene, en el fondo, la misma llave: postergar la satisfacción inmediata en favor de un beneficio más durable.

Me despido de Eduardo en el parque y me queda dando vueltas una idea: si el Municipio de la Ciudad incluyera en su agenda de salud mental talleres gratuitos en los centros barriales sobre manejo de la atención, gestión emocional y uso consciente del tiempo, no estaría inventando nada nuevo. Estaría, nada más, ajudando a los vecinos de Palermo, de San Telmo o de Lugue a entrenar esa vieja habilidad que Franklin supo poner en una sola frase.

RA
Rocío AyalaSociedad y vida en la ciudad

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