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Manu Fanego y el golpe en las tablas: la herencia de un padre que se vuelve ritual antes de cada función

A dos años de la muerte de Daniel Fanego, su hijo repasó en redes sociales la costumbre teatral que aprendió de él, las fotos de una vida compartida y un almuerzo con su hermana Camila para mantener viva la memoria.

Por Lautaro MaidanaCultura y chamamé · 20 de septiembre de 2026 · hace 3 h

Arranca la noche, se apagan las luces de la sala y, antes de que el telón se corra o se abra el paso hacia el escenario, Manu Fanego golpea las tablas con los pies. Lo hace firme, como pidiendo permiso y dando los buenos días al mismo tiempo. Ese golpe no es un capricho de actor supersticioso: es un saludo a su viejo, a Daniel Fanego, que se fue el 19 de septiembre de 2024 a los 69 años y al que, justamente este viernes, se cumplen dos años de su partida. Te lo cuento porque Manu lo contó, y porque en esa costumbre está condensada una historia de padre e hijo que vale la pena repasar.

El homenaje llegó por las redes sociales, a la manera en que hoy se homenajea: con un álbum de fotos familiares y un texto sentido, escrito con esa economía de palabras que tienen los que saben que lo importante ya está dicho en las imágenes. Manu, que es actor de raza porque lo lleva en la sangre y en la crianza, eligió publicar desde el cariño explícito: "Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá", escribió. Y agregó que ese mediodía iba a almorzar con su hermana Camila para recordar a Daniel, porque a veces la mejor forma de honrar a alguien es juntarse en una mesa y dejarlo vivo en la conversación.

El oficio compartido, de la escuela al escenario grande

Lo que más me gusta de esta historia, y por eso me detengo, es que el lazo entre Daniel y Manu no fue solo el de la sangre, sino también el de las tablas. Hubo un trabajo que los juntó de verdad, en el mismo escenario, con texto y personaje de por medio. Fue en 2012, dentro del ciclo Teatro por la Identidad, con la obra El vuelo del Cóndor, donde padre e hijo se metieron en la piel de Pablo Podestá en distintas etapas de su vida. Tiempo después, en una publicación por el Día del Padre, Manu describió aquella experiencia como algo único, irrepetible, de esas cosas que un actor atesora para siempre: compartir elenco con tu propio padre.

Pero el camino juntos había empezado mucho antes, en la escuela primaria, en una fecha patria. Para el acto del Día de la Bandera, Daniel le preparó el personaje al pequeño Manu: lo ayudó a practicar el texto, a resolver la caracterización y, lo más lindo, lo vistió con bigotes postizos y canas hechas con talco. A esa escena escolar se le suma un recuerdo que me hizo sonreír porque pinta de cuerpo presente al Daniel de los camarines: el olor del mastik, ese adhesivo que se usa para pegar pelucas, barbas y narices en el teatro. Para cualquiera que haya pisado un escenario, ese olor es infancia pura, es la previa de la función, es el ritual. Y Manu lo trae a la nota como quien abre una ventana y deja entrar el aire de un camarín de los años setenta u ochenta.

  • Un abrazo de Daniel con Manu cuando era chico, de esas fotos donde el padre se ve enorme y el hijo se pierde en el pecho.
  • Una imagen del propio Manu ya grande, con sus hijos, como un espejo de la foto anterior.
  • Padre e hijo juntos frente al mar, en una de esas tomas que parecen vacaciones pero también despedida.
  • Un retrato de Daniel tomado poco antes de su fallecimiento, que es el tipo de foto que uno guarda como un tesoro.

Una trayectoria que se lee en títulos y que vale la pena revisitar

Daniel Fanego fue, durante décadas, uno de esos actores a los que uno ve y dice "este es de los buenos", de los que se banca cualquier género porque tiene oficio de sobra. Su camino recorrió el teatro, el cine y la televisión con títulos que muchos lectores de cuarenta para arriba van a reconocer al toque: El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel, por nombrar apenas algunos. Cuando se supo su muerte, su hijo contó que Daniel estaba en su casa, rodeado por familiares y amigos, que es la forma en que uno quisiera que se fuera el padre propio. Dos años después, ese golpe en las tablas sigue sonando igual: un llamado, un saludo, una manera de decir "acá sigo, viejo, en el mismo escenario que vos me enseñó a pisar".

“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego

Y ahora me hago yo la pregunta que les dejo a ustedes, porque esta columna también es un convite: ¿qué trabajo de Daniel Fanego recordás especialmente? ¿Cuál es el que se les aparece cuando alguien nombra su nombre? Yo, si me apuran, me quedo con el Luna de Avellaneda de Juan José Campanella, donde tenía una ternura que se notaba a kilómetros. Pero si están con ganas de buscarlo, dense el gusto de poner El marginal o El reino y miren cómo se planta en cuadro: hay actores que enseñan y otros que además de enseñar abrazan. Daniel era de los segundos. Si nunca lo vieron en vivo, dense el gusto de buscar a Manu Fanego en cartel, que la herencia sigue dando funciones, y vaya si vale la pena escucharlo. Ka'aru, diría un paisano mío del Litoral: gracias, en guaraní, por los años compartidos.

LM
Lautaro MaidanaCultura y chamamé

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