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Pipa, el pueblo de los once balnearios que los surfistas descubrieron y el turismo todavía no desbordó

Sobre el litoral atlántico del estado de Río Grande del Norte, a una hora y media de Natal, este antiguo poblado de pescadores ofrece once playas con perfiles bien marcados: desde la silueta de corazón de la Praia do Amor hasta las pozas naturales y los delfines de la Baía dos Golfinhos. La temporada más recomendable va de septiembre a febrero.

Por Patricia ZalazarTurismo y ambiente · 14 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A unos setenta kilómetros al sur de Natal, en el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil, la localidad de Pipa conserva todavía una escala de pueblo que la separa de otros destinos de playa del país. El crecimiento llegó, pero lo hizo de la mano de los surfistas que la descubrieron en los años ochenta y se propagó de boca en boca, sin que la operatoria del turismo masivo terminara de instalarse con todo su peso. Quien llega hoy encuentra una aldea con calle principal arbolada, mesas sobre la arena y un movimiento que se concentra a partir de la media tarde, cuando el calor afloja y los locales gastronómicos abren sus puertas.

El acceso desde Buenos Aires es directo hasta Natal, por vía aérea, y desde allí el traslado por tierra hasta Pipa insume alrededor de una hora y media en auto por la ruta que bordea el litoral. Los valores de alojamiento van de los cincuenta dólares la noche en las opciones más sencillas hasta los cuatrocientos dólares en temporada alta, un rango amplio que admite tanto al viajero con presupuesto ajustado como al que busca un hospedaje con mayor confort frente al mar.

Once playas, once perfiles distintos

La costa se ordena en once playas con caracteres bien diferenciados. La más fotografiada es la Praia do Amor, bautizada así por la silueta de corazón que dibuja el arco de su bahía cuando se la observa desde lo alto del acantilado. El oleaje allí es más intenso que en el resto del litoral y por eso se convirtió en la preferida de quienes practican surf. El acceso se hace por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.

La Praia do Centro es la cara más tranquila del pueblo: aguas calmas, pozas naturales que afloran con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen trabajando a la vista de los turistas, en una escena que resume el pasado pesquero del lugar. En la Baía dos Golfinhos, los delfines se acercan a alimentarse cerca de la orilla y pueden verse sin necesidad de contratar excursión ni guía, algo poco frecuente en el litoral brasileño.

Para quienes están dispuestos a moverse un poco más, cruzar en balsa hacia el municipio vecino de Tibau do Sul abre otro paisaje: dunas extensas, cajueiros creciendo entre los médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim. El paseo en buggy por ese litoral se contrata desde los ochenta y cinco dólares por vehículo, con capacidad para cuatro personas, y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de ciento diez dólares. El ferry hacia la otra margen suma unos dos dólares por persona.

Gastronomía, etimología y la mejor época para ir

La gastronomía local tiene su propio ritmo y conviene tenerlo presente: la mayoría de los locales abre recién a media tarde, porque la mañana queda reservada para el mar. Cuando cae el sol, la avenida Baía dos Golfinhos se convierte en una sucesión de mesas al aire libre y música en vivo. El plato de referencia de la cocina potiguar, como se denomina a la del estado de Río Grande del Norte, es la moqueca, un guiso de pescado que forma parte del menú de casi todas las casas de comida del pueblo.

El nombre del lugar tiene, además, un origen curioso. Los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII divisaron desde el mar un acantilado con forma curva que les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus embarcaciones. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. Con el paso de los siglos, la palabra quedó instalada como topónimo del poblado.

La temporada más recomendable para visitar Pipa va de septiembre a febrero, cuando las temperaturas son más templadas, el agua está más clara y las condiciones para el surf y el avistamiento de delfines resultan más estables. Quienes prefieran evitar la concurrencia pueden optar por los extremos de esa ventana, en septiembre o en la segunda quincena de febrero, cuando el flujo turístico todavía no alcanza su pico. La experiencia, en cualquier caso, admite ser vivida con el ritmo de un pueblo que aprendió a crecer sin perder de todo su fisonomía original.

PZ
Patricia ZalazarTurismo y ambiente

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