Cuando el cuerpo avisa y uno sigue como si nada: la trampa del estrés que se cronifica sin que la rutina se detenga
Dormir mal, perder el hilo de una frase o explotar por——perdón, por pavadas. Especialistas consultados por los CDC y publicaciones científicas coinciden en que la alerta sostenida desgasta atención, memoria y ánimo aun cuando la agenda siga llena y los relojes marchen.
Vine esta mañana temprano a la costanera, antes de que el río se llenara de corredores, y me crucé con Ricardo, un vecino de La Boca que conozco desde hace años. Me lo encontré sentado en un banco, con los ojos abiertos pero la mirada puesta en ninguna parte. 'Estoy reventado, pero no paro', me dijo, casi como disculpándose. Le pregunté cuántas noches había dormido mal y se quedó en silencio, contando hacia adentro. Esa imagen me quedó dando vueltas mientras leía los últimos reportes sobre estrés crónico: lo que le pasa a Ricardo le pasa a una cantidad enorme de gente que sigue cumpliendo horarios, contestando mensajes y llevando los chicos al colegio como si nada, mientras el cuerpo ya está en otra órbita.
La semana difícil y la alerta permanente no son lo mismo
Hay una diferencia enorme entre atravesar una semana jodida y vivir con el motor revolucionado de manera sostenida. Lo segundo es más difícil de detectar, porque la rutina puede seguir funcionando como si estuviera todo bien. Uno llega a horario, paga las cuentas, contesta el teléfono. Pero por dentro algo cambió: el sueño se fragmenta, la memoria se vuelve tramposa, la paciencia se acorta a límites insólitos.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos vienen insistiendo con esto: el estrés que se prolonga en el tiempo deteriora el sueño, la concentración, el estado de ánimo y hasta la capacidad más básica de tomar una decisión. El problema es que esos síntomas rara vez llegan todos juntos y con cartel luminoso. Aparecen desperdigados, como gotitas: te despertás a las tres de la mañana sin razón, te olvidás de lo que ibas a decir a mitad de una frase, reaccionás con una intensidad desproporcionada por una tontería.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. El cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Lo que dice la ciencia reciente
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology juntó 45 revisiones y más de dos mil estudios sobre el tema, y llegó a una conclusión bastante incómoda: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos —especialmente en atención, memoria y funciones ejecutivas— aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. No son rarezas, son la norma.
En la misma línea, un trabajo publicado en 2024 en Neurobiology of Stress advirtió que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Es decir, no se trata sólo de sentirse cansado: el propio funcionamiento cerebral empieza a resentirse.
Señales para mirar con atención, sin dramatizar
- Despertarse varias veces durante la noche o tener un sueño que no repara, aunque se duerman las mismas horas.
- Perder el hilo de conversaciones, olvidar palabras que uno usaba todo el tiempo o no recordar dónde dejó las llaves con una frecuencia creciente.
- Sentirse irritado o desbordado por situaciones que antes se manejaban sin problema.
- Dificultad para tomar decisiones simples, desde qué comer hasta cómo resolver un trámite.
- Una sensación permanente de estar al límite, aun cuando no haya un motivo claro que lo justifique.
- Menor tolerancia a la frustración: cualquier contratiempo se vive como una catástrofe.
En los últimos tiempos empezó a circular la expresión 'modo supervivencia' en espacios de bienestar y en redes. No es un diagnóstico clínico ni hace falta caer en la —perdón, en la jerga médica— para entenderla: describe ese estado en el que el cuerpo queda en alerta permanente, como si estuviera a la espera de un peligro que no termina de llegar. Sirve para poner nombre a algo que, visto de a una señal, parece anodino. Lo que importa no es la etiqueta, sino el patrón.
Insisto con esto porque me parece clave: una persona puede seguir funcionando en lo externo mientras por dentro se está desmoronando. Y muchas veces el primer indicio lo dan los que tenemos al lado. Por eso vale la pena prestarle atención no sólo a lo que nos pasa a nosotros, sino a lo que les pasa a los que queremos. A veces, preguntarles cómo duermen o si están más irascibles que de costumbre es el primer paso.
Lo que yo le digo a Ricardo, y lo que le diría a cualquiera que se reconozca en este retrato, es que reconocer el patrón no es dramatizar ni victimizarse: es la única manera de pedir ayuda a tiempo. Y acá viene el pedido concreto al municipio, porque a esta altura siento que es hora de plantearlo: sería muy valioso que el área de Salud de la ciudad impulse campañas de información sobre estrés crónico en los centros de atención primaria y en los clubes de barrio, y que se garantice el acceso a consultas psicológicas sin cupos limitados ni demoras de meses. Cuidarnos la cabeza debería ser tan accesible como un control de presión arterial.
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