Dermatitis atópica: cuando la plata decide si te rascás o te curás
Un relevamiento nacional revela que casi la mitad de los pacientes con dermatitis atópica deja de ir al médico o compra menos medicamentos por no poder pagarlos. Especialistas y pacientes coinciden: la picazón no descansa y la cobertura tampoco.
Me crucé a Daniel en la costanera, mientras caminaba con la campera abierta porque el calor del bajo todavía se siente a las nueve de la noche. Tiene la piel enrojecida en el cuello y en los pliegues del codo. Me dice que tiene dermatitis atópica desde los seis años y que el mes pasado directamente dejó de ir a la consulta. No por decisión propia: porque entre la crema, los antihistamínicos y el viaje desde Villa Lugano hasta el dermatólogo, los números no le cerraban. Daniel es uno de los casi uno de cada dos pacientes que, según un relevamiento reciente, postergó o suspendió controles médicos por motivos económicos.
La encuesta la hizo la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis (AEPSO) entre pacientes y cuidadores, y los datos son elocuentes. El 48,5% de los consultados reconoció haber atrasado o suspendido la consulta con el especialista en los últimos seis meses por cuestiones de bolsillo. El 44,8% tuvo problemas para conseguir los medicamentos indicados y el 37,3% directamente redujo la dosis o dejó de comprarlos. Casi dos de cada diez personas confesaron que no estaba cumpliendo el tratamiento tal como se lo habían prescripto, y otra vez la respuesta fue la misma: no llegaba con la plata.
Una enfermedad que pica de día y de noche
La dermatitis atópica es inflamatoria, crónica y, como me insistió Daniel varias veces mientras caminábamos, desesperante. Afecta al menos al diez por ciento de los niños y adolescentes argentinos, puede aparecer a cualquier edad y en alrededor de tres de cada diez casos se queda hasta la adultez. Las lesiones suelen brotar en la cara, el cuero cabelludo, las orejas, el dorso de las manos, los brazos y las piernas, y la enfermedad avanza en oleadas: picos y remisiones que obligan a un seguimiento médico de largo plazo, justamente lo que muchos están dejando de hacer.
“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las 24 horas.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO
- El 63,4% de los encuestados reportó alteraciones en la calidad del sueño.
- El 61,9% debió modificar su rutina cotidiana por la enfermedad.
- El 56,7% sostuvo que la dermatitis impactó de manera directa en su calidad de vida.
- Las personas con picazón crónica e intensa tienen tres veces más riesgo de depresión y el doble de riesgo de ansiedad.
Cuando Daniel me cuenta cómo son sus noches, lo dice con una mezcla de bronca y costumbre: rascar hasta lastimarse, dormir a saltos, levantarse cansado. Lo escucho y me acuerdo del dato que repite la literatura médica: la picazón intensa y persistente no es un síntoma menor, es un factor de riesgo concreto para la salud mental. Por eso la frase de Fernández Barrio no es una exageración retórica, es la descripción literal de lo que viven miles de familias en la Ciudad y en el conurbano.
Diagnosticar a tiempo y no soltar el tratamiento
La dermatóloga pediatra Paula Luna, presidenta de la Sociedad Argentina de Dermatología, insiste en que la clave es la consulta temprana. Cuanto antes se identifica la enfermedad, mejor se puede armar un esquema a medida, con cremas, hidratantes, antiinflamatorios tópicos y, en los casos moderados a graves, tratamientos sistémicos más modernos. El problema, otra vez, es sostenerlo en el tiempo: la adherencia se cae cuando la cobertura falla, cuando la obra social no reconoce una droga, cuando el salario no alcanza para sumar un producto de higiene específico o una crema emoliente que cuesta el equivalente a varios kilos de pan.
Lo que me queda dando vueltas, después de la charla con Daniel y de revisar los números de AEPSO, es algo bastante elemental: tenemos una enfermedad que no tiene cura pero que sí se puede controlar, con diagnóstico precoz y tratamiento sostenido, y sin embargo la principal barrera para acceder a ese control es económica. Ni más ni menos. Por eso me permito pedirle al Ministerio de Salud de la Ciudad y a las autoridades nacionales dos cosas concretas: que se actualice y se haga cumplir la cobertura obligatoria de los tratamientos para dermatitis atópica moderada a grave, y que se garantice en los centros de salud pública la entrega continua de cremas, emolientes y antihistamínicos, sin que el paciente tenga que peregrinar de farmacia en farmacia. Daniel, mientras tanto, ya me mandó un mensaje para avisarme que la semana que viene, finalmente, tiene turno.
