Martes, 22 de septiembre de 2026
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The Good Place: cuatro temporadas para preguntarnos qué hicimos con el tiempo que nos tocó

La comedia de Michael Schur que llegó a Netflix convierte el más allá en una clase de filosofía moral, con Ted Danson, Kristen Bell y un elenco que se anima a mezclar a Kant con situaciones imposibles.

Por Lautaro MaidanaCultura y chamamé · 21 de septiembre de 2026 · hace 1 d

Arranca con un primer acorde medio disonante, como esos chamamés viejos que uno guarda en la memoria y que de golpe vuelven sin aviso. Una mujer abre los ojos en una sala de espera que parece diseñada por un decorador demasiado prolijo y le dicen, con una sonrisa de manual de buenas maneras, que ella es buena persona. Se llama Eleanor Shellstrop, recién llegada al más allá, y enseguida confiesa para adentro lo que el espectador ya sospechaba: su vida fue un catálogo de egoísmos, pequeñas y grandes picardías, gente a la que le pasó por encima sin pedir permiso. Esa mentirita inicial, casi un verso de canción de barrio, es la que pone en marcha The Good Place, la serie que Michael Schur concibió como un convite filosófico disfrazado de sitcom, y que en sus cuatro temporadas y 53 episodios recorre un arco que va de la picardía al aprendizaje, con estaciones bien marcadas sobre qué significa portarse bien en serio.

Un elenco que sostiene la paradoja

Del otro lado de la mesa está Michael, el arquitecto del barrio celeste, con la cara conocida de Ted Danson y una manera de moverse que mezcla la amabilidad de un portero de consorcio con la torpeza de alguien que todavía está aprendiendo a ser humano. Alrededor orbitan Chidi Anagonye, el profesor de filosofía moral al que le sudan las manos cada vez que tiene que decidir qué pedir en un restaurante, interpretado por William Jackson Harper con una precision que duele de tan correcta; Tahani Al-Jamil, a quien Jameela Jamil le da ese tono de revista de sociedad por fuera y de inseguridad profunda por dentro; y Jason Mendoza, el personaje de Manny Jacinto, un muchacho que parece haberse escapado de un grupo de cumbia villera y que termina siendo, contra todo pronóstico, el que mejor entiende qué quiere decir vivir sin pensar tanto.

Lo lindo de este elenco, lo que rescato cada vez que vuelvo a recomendar la serie, es que ninguno de los cuatro hace de comparsa: Eleanor, Chidi, Tahani y Jason discuten de verdad, se lastiman de verdad y aprenden de verdad, y uno termina queriéndolos como se quiere a esa comparsa de amigos de toda la vida, esos con los que uno comparte las ñapangas y los peores trapitos. Es un elenco que sostiene una premisa que en otras manos habría quedado en chiste de Twitter.

  • Michael Schur, creador, ya había demostrado pulso para el humor con Parks and Recreation y Brooklyn Nine-Nine, y acá vuelve a combinar ternura con inteligencia sin caer en el sermón.
  • El arco va de la comedia de enredos al ensayo filosófico sin que se note la costura, algo que muy pocas series de cuatro temporadas pueden presumir.
  • Kant, el utilitarismo de Mill, el consecuencialismo y la ética deontológica entran en los diálogos con la misma naturalidad que una mención a una serie de streaming o a un equipo de fútbol.
  • El desenlace, que no voy a spoilear pero que puedo decir que emociona de verdad, cierra el recorrido de los protagonistas con una idea muy concreta: lo que cuenta es a quién tuviste al lado y qué hiciste con el tiempo compartido.

La filosofía como motor del humor

Lo que a mí me gana, lo confieso, es el cruce entre conceptos densos y situaciones imposibles. A ver, uno no espera encontrarse con un debate sobre el imperativo categórico en medio de una pelea con un monstruo de imaginario, y sin embargo ahí está, y funciona, y hasta arranca la risa. Hay algo muy del chamamé en eso, como cuando un acorde mayor sostiene una letra que habla de mudanzas y de pérdidas: la cadencia conocida le da permiso al dolor para entrar sin que se vuelva solemne. En guaraní solemos decir que algo tiene ñehe, que es como decir que tiene alma, que respira; bueno, The Good Place tiene ñehe, y por eso la gente la guarda en el corazón aunque no haya ganado todos los premios que merecía.

“Picture a wave in the ocean. You can see it, measure it, its height, the way the sunlight refracts when it passes through. But there's no actual physical barrier separating one wave from another. Eleanor thought of her life that way, as a series of waves, each one a little different, but all part of the same ocean.”Chidi Anagonye (William Jackson Harper), en uno de los momentos clave de la serie

La pregunta que me llevo a casa cada vez que termino una temporada es la misma que me hago en estos años de notas sobre música y cultura: qué hiciste con el tiempo que te tocó, a quién elegiste para compartirlo, y si tuviste el coraje de cambiar cuando todavía estaba a tiempo. The Good Place no da respuestas cerradas, y creo que por eso funciona: porque deja al espectador con la duda dando vueltas, como un repique de bombo legüero al final de una noche de festival.

A quién ir a escuchar (o ver, en este caso)

Si nunca la viste, dejá lo que estés haciendo y empezala un domingo a la tarde, con un mate al lado y la mochila liviana, porque es de esas series que se disfrutan mejor sin apuro. Si ya la viste y la tenías olvidada, te la recomiendo igual: revisitala ahora que el tiempo pasa más rápido de lo que uno quisiera. Y si sos de los que se quedan dándole vueltas a los dilemas morales como Chidi con un menú de tres pasos, te dejo un ejercicio: elegí tu escena favorita de las cuatro temporadas y contame en los comentarios qué decisión habrías tomado vos en lugar de Eleanor. Yo, mientras tanto, voy a poner el disco de Mario Bofill bien alto, que un chamamé de los buenos siempre viene bien para pensar en serio sin ponerse solemne.

LM
Lautaro MaidanaCultura y chamamé

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